Para escribir estas entradas que nadie me pide, nadie me paga y nadie me publica, suelo levantarme temprano. Si la cosa no se tuerce les dedico un par de horas, de manera que os las podáis encontrar de buena mañana. Luego me puedo pasar todo el día haciendo correcciones furtivas, pero esa limitación del tiempo me complace como desafío y por un prurito de espontaneidad. Lo más difícil es encontrar a estas alturas sobre qué escribir. Lo demás es oficio y seguir la inspiración del momento. A veces con resultados desastrosos, porque el instinto te lleva con frecuencia al cliché y al efecto fácil. En contra de la creencia popular, pocas cosas requieren más tiempo que la frescura.

Un amigo de juventud defendía el estado mental del hombre recién despierto, cuya mente conserva la virginidad de un disco duro que acabaran de formatear. De noche habríamos acumulado cantidades poco recomendables de información superflua, basura mental y remordimientos, perdiendo el claro asombro con que cada mañana nos enfrentaríamos al mundo. Como ya he dicho, me he aficionado a esa mezcla de transparencia y estupor que inaugura la jornada.

No siempre fue así, tuve mis años de nocturnidad vocacional. Abrasivas veladas intoxicado por cafeína y THC en las que forzaba los límites del agotamiento. Ya no puedo permitirme semejantes pruebas de resistencia, claro, pero no solo se trata de una decisión dictada por el pragmatismo, hay en ello también una elección estética. Lleva una vida librarse de los prestigios de la noche. La noche es tan interesante. Media superficie del planeta da la espalda al sol y se enfrenta al espanto de esas turbulentas eternidades en las que vivimos de milagro, protegidos por una tenue capa de gases. Ya lo habré dicho alguna vez, el cielo azul es un engaño y por eso alegra al niño que aún somos. El cielo nocturno es la verdad sin contemplaciones, la evidencia de un universo indiferente y hostil. La constatación de nuestra insignificancia. Los hombres han adaptado sus ritmos a esos ciclos de luz y oscuridad, los buenos y los malvados duermen de noche los cansancios del día y en los caminos del sueño son hostigados por sus miedos, recuperan cuanto perdieron, olvidan por unas horas sus cargas. Nos alejamos de la luz del sol y nos alejamos de la consciencia, nos replegamos hacia las capas más profundas e ingobernables de nuestro psiquismo. Más allá de la lámpara encendida sobre la mesa del escritor ―el siglo XIX es una acumulación de descomunales monumentos intelectuales rescatados pacientemente a las horas del sueño, en habitaciones insalubres, por auténticos gigantes―, más allá de esa ventana iluminada que en la fachada de su edificio habla de una conciencia en vela, se extiende el reino del temor y lo clandestino, de cuanto no se somete a la claridad y al orden diurno. Territorio poblado por espectros y bandidos, conspiradores y libertinos, amantes y asesinos. El artista adolescente aprecia mucho estas cosas, pero acaba abandonando semejantes devociones.

La madurez es una aceptación de lo real y amor a lo que nos es dado y un buen día descubres el alba, la hora del buen agüero en que caravanas, expediciones y ejércitos se ponen en marcha, el momento en que zarpan los barcos y todo es posible. Me gusta mientras escribo asistir a esa modesta gloria del amanecer, que reproduce cada mañana la creación del mundo. Es muy diferente a los esplendores enrojecidos del ocaso. El amanecer no se ve, el amanecer ocurre. Y todo con una sencillez admirable, que se concentra en lo que se me muestra a través de un gran ventanal sobre mi patio, dominado por un gran muro blanco de un edificio anexo. Hay como una condensación del silencio que marca el fin de los sonidos habituales de la noche, apenas dura unos segundos, pero es la frontera entre los dos mundos, como los instantes previos al big bang.  De repente todo empieza de nuevo. Los pájaros son los primeros en anunciar el día. Poco a poco van despertando y van sumando sus cantos, según su condición, mientras la luz se apodera de cada rincón del patio y rescata cada flor, cada grieta de la pared, cada objeto, de su condición indiferenciada. Lo sugerido, lo difuso, adquiere sus límites, saturado de ser. Los pájaros vuelan ahora en círculos con una exaltación sin objeto y desde la calle los primeros acordes del día: voces de niños camino del colegio, mangueras, maletas con ruedas, radios, sonidos de platos en las cocinas, los trabajos del hombre. Y esa idea de repetición no me espanta, no me aprisiona, me hace libre y me da el coraje que preciso. Y así, con una considerable sensación de alivio, pongo punto final a esta entrada.

Roy Lichtenstein. «Sunrise» (1965)