La primera dosis la recibí en una nave industrial, de manos de una enfermera joven, a la que imaginé hermosa tras su mascarilla. De la segunda se encargó en el centro de salud de mi barrio un enfermero maduro con años de mala baba acumulada, que se aseguró de neutralizar todo posible entusiasmo al enfatizar que aquello funcionaba no del todo y no para siempre. Pero el caso es que cuando salí a la calle hacía una tarde esplendida y solo un sentido mínimo del decoro me impidió caminar dando saltitos, como esos pequeños gorriones que tan bien nos caen. Ya han pasado unos días y soy, hasta donde pueda afirmarse, invulnerable como los héroes de la leyenda tras tomar una poción, un escudo invisible me protege de las flechas y las piedras de la áspera fortuna. En cosas como esta cristalizan siglos de pensamiento científico, pero uno no puede desprenderse de un sencillo asombro campesino ante el prodigio, una reverencia supersticiosa de sostener la gorra entre las manos.

Al caminar por la ciudad sigues teniendo que cubrir tu rostro con la mascarilla, aparentemente nada ha cambiado, pero te sientes audaz y ligero, un poco insolente y un poco puta. Tienes un hambre inmensa de realidad, de otros; el mundo ha dejado de ser una amenaza y se transforma en una cueva del tesoro, una huerto cuajado de frutos. ¡Solo tienes que extender tu mano y llevarte lo que es tuyo! Vivimos meses en que se consagró la distancia y el límite, ahora queremos traspasar barreras, ceñir los cuerpos con el brazo, besar y entregarnos a joviales indecencias.

Hora de los buenos propósitos y las locas fantasías, hora de imaginar tantos futuros aún posibles, necesidad de creer que aún nos esperan buenas cosas. Ante el recuerdo de la muerte y sus miserias decimos todavía no, nos calamos el sombrero y seguimos silbando con las manos en los bolsillos.

Recuperación de viejos hábitos queridos, también confirmación de cambios irreversibles: cierta misantropía sin rencor, el redescubrimiento de lo íntimo, la necesidad de la soledad, el deseo de librarse de tantas cosas sin importancia y que nos sobraban, ganas de no perder el tiempo, de ir a lo esencial. El peligro sigue estando ahí, claro, hemos conjurado solo una de las innumerables formas con que la realidad constantemente se afana en destruirnos, pero ahora sabemos que la vida es peligro y que, maldita sea, qué difícil se lo pienso poner, qué ganas de arder y consumirme y dar luz.

Pablo Picasso, «La alegría de vivir» (1945)