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Cada mudanza es una catástrofe articulada, un proceso de cambio y un desprenderse de lo superfluo, una baliza que escande el tiempo de nuestras vidas. Muerte de una parte de nosotros y resurrección en una nueva escenografía de lo íntimo, un nuevo paisaje para la melancolía. También supone ser adoptado por un nuevo barrio.

Cambiamos de casa y un mundo por explorar se nos ofrece. Calles, tiendas y tabernas de los que a partir de ese instante estará hecho el tejido mismo de nuestros días, hasta que llegamos a olvidar cómo hemos podido vivir en un sitio diferente. Pronto desaparece la novedad y otra belleza, la de lo acostumbrado, hace su aparición. Mucho antes de que el nuevo decorado de nuestra historia empiece a aparecer en los sueños, ya hemos desarrollado una trama de afectos con sus negocios, un vínculo con sus esquinas y los personajes que lo pueblan, con su aspecto cambiante a lo largo de las estaciones. Sin darnos cuenta, nosotros mismos pasamos a formar parte de esa comedia costumbrista que abre el telón a primeras horas del día. Imagino que mi figura barbuda y distraída, de secundario de zarzuela, mi andar un poco excéntrico, ya es algo a lo que se han acostumbrado mis vecinos o ese niño que cada mañana va al colegio.

Las pequeñas tiendas de los barrios suponen uno de los más admirables logros de la civilización, mediaciones entre la naturaleza y lo doméstico. Por un puñado de monedas, lo que maduró al sol o nadó bajo las aguas del Atlántico, termina en la privacidad de tu mesa. Hay en la variedad de las tiendas un bello principio enciclopédico de clasificación del mundo: los frutos de la tierra, las criaturas del mar, los animales de sangre caliente (semejantes a nosotros y que sacrificamos violentamente), la ropa que cubre nuestra desnudez, las herramientas con las que trabajamos, los perfumes y cosméticos que nos hacen deseables, las drogas que nos alivian de la carga del ser y las que nos libran del dolor y la muerte, el pan, antiguo como el mundo, las flores, los recuerdos de la dulzura de la infancia que nos asaltan en las papelerías… Cada tienda ofrece instancias de realidad, cada uno de los tenderos ―cómo me gustan en especial las parejas de tenderos, sus tiernas complicidades y resignaciones― da a su local un carácter especial, el genio de su oficio. La manera de seleccionar y disponer lo que le es propio, su carácter, la frecuente aparición del humor ―que magnífica, tranquila, elegante ironía la de un hombre al que hace poco le compré un hermoso sombrero― hace de cada uno de esos lugares algo único y valioso. Nos vemos envejecer, tenemos con ellos pequeñas conversaciones triviales que sería insensato evitar o despreciar porque nos enseñan tanto sobre nuestra común humanidad. Para muchos ancianos es su única vida social y nunca se encarecerá lo suficiente el cariño y la comprensión ―indicador de virtud civil, orgullo de nuestra especie― con que a diario fruteros y cajeras de los supermercados los tratan.

En la imparable tendencia a concentrar tanta diversidad en vastos centros comerciales hay no solo una sosa eficiencia desalmada sino un principio de indiferenciación, semejante a la muerte.

Hace un par de días, una de las dos muchachas que trabajan en la farmacia que frecuento ―a partir de cierta edad se frecuentan las farmacias más de lo que uno quisiera― me notificaba con los ojos enrojecidos que pronto cerrarían porque los dueños del local habían decidido vender. Uno daba por sentado que su gracia enfundada en batas blancas, la delicada belleza de ambas, su juventud, formarían parte de mi vida para siempre. Apenas conocía nada de sus vidas, pero formaban parte de la mía. Sus voces me serán arrebatadas. Es lugar común de la filosofía oriental que el principio de toda perfección pasa por aceptar la impermanencia y es uno de los motivos por los que siempre me ha resultado cordialmente antipática. Niño mal criado, no acepto el principio de realidad, no me resigno a la ley del cambio, no quiero que aquello que amo desaparezca, ¡ni siquiera quiero que cambie! Uno desearía para cada pequeña alegría de esta vida esa amable, sencilla y bulliciosa eternidad de los olores, las imágenes y los sonidos del barrio, esa modesta gloria de cada mañana.