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Qué animal estruendoso somos. A nuestro lado el perro del vecino parece un circunspecto monje tibetano. Nos despertamos con un ruidoso bostezo y ya la emprendemos a golpes contra el mundo. El día se inaugura con una sinfonía grotesca de caídas de tapas de inodoros, descargas de cisternas, grifos, flatulencias y maquinillas de afeitar, motores que arrancan y persianas que se levantan. Cháchara y maldiciones. No nos basta con nuestra capacidad para el estrépito, millones de medios de reproducción multiplican hasta el delirio la aspereza articulada de nuestra voz. Fábricas, sirenas, los temibles atronamientos de la guerra. Sin duda nos hacemos notar. Y cada juntura por la que pudiera filtrarse el temido silencio la tapamos con música. La música, esa misteriosa forma del tiempo (Borges dixit), degradada a una viscosidad trivial, un engrudo que apacigua nuestra angustia de estar en el mundo. Hace tiempo que dejó de ser lo que Schopenhauer enfáticamente llamaba la voz de la voluntad para quedarse en musiquita, algo jovial y estupidizante, que nos acompaña en nuestros desplazamientos, en los talleres y en los mercados, en las tabernas y en los apareamientos, que nos da marchita, que impregna las persuasiones publicitarias y los discursos institucionales, que nos señala qué hemos de sentir en las películas. Omnipresente, narcótica y superflua. Basura.

El año pasado tuvimos un ensayo general de un mundo más silencioso. Los animales salvajes acudieron confiados a los arrabales de nuestras ciudades. No se nos oía apenas. Duró poco. Por eso, a veces, un inmenso cansancio de nuestros miserables tumultos, las ganas de que nos callemos, el deseo de un silencio radical. Abstenerse del ruido y de la palabra, pero también dejar de opinar, dejar de juzgar, dejar de escribir (en especial acabar con las ficciones, no añadir simulacros de realidad a lo que ya nos es dado), silenciar incluso la voz de los difuntos en los anaqueles de las bibliotecas. Comportarnos como si no existiéramos, como si temiéramos que un poder malvado se percatara de nuestra presencia. Con la muda delicadeza del caracol o la nieve al caer.

Y aun así el silencio nos eludiría. Oiríamos el sonido de nuestros órganos internos, la febril actividad celular, el sonido de las raíces extendiéndose bajo tierra, la corrupción de los muertos, vientos, tormentas y oleajes. El mismo origen del universo, sus primeros instantes, no fueron un salto callado del no ser al ser sino una violencia inimaginable que todavía oímos.

No es algo de este mundo. Solo algunos, muy pocos, han llegado cerca de donde habita el silencio. Un espacio central dentro de nosotros, donde no nos alcanza el estruendo del cosmos y sus vastas ceremonias de aniquilación y desorden, ni siquiera el sonido y la furia de nuestros pensamientos. Un lugar de secreto deleite y de supremo terror, porque allí, en los confines mismos del silencio empiezan a suceder cosas.

Odilon Redon. «Silence» (1911)