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Muchos años después de que el doctor Max Schur pusiera fin a sus sufrimientos mediante la administración de tres inyecciones de morfina, los astrónomos bautizaron con su nombre un cráter en el Oceanus Procellarum lunar. No se me ocurre una forma más hermosa de gloria, aunque uno situado en la cara oculta hubiera sido lo suyo.

Tras un agresivo desprecio por parte del estamento académico, su pensamiento se hizo dogma hasta que con el tiempo su relevancia científica fue puesta en tela de juicio. Las ideas, incluso las más ambiciosas, tienen sus ciclos. Desacreditado, impresentablemente misógino y ciertamente pasado de moda, es sin embargo difícil empequeñecer la figura de una de las pocas personas que han modificado radicalmente nuestra percepción de nosotros mismos. Copérnico nos desplaza de la centralidad a los arrabales del cosmos, Darwin desautoriza nuestro parentesco con los dioses, Freud acaba con la ilusión del yo, reducido a una frágil isla sobre un magma abismal de pulsiones irracionales. Algo inestable, doliente, problemático. Somos hijos de Freud como somos hijos de Rousseau.

Cuando yo era joven, todavía el follador pedante solía recurrir a Freud para impresionar a sus impresionables presas. La mera mención de su nombre evocaba dos cosas que a todos ―o casi todos― nos seducen: el sexo y las sombras inquietantes del sueño.

Esa doble asociación garantizó el atractivo de sus teorías y en Hollywood, la cantera del imaginario colectivo durante el pasado siglo, se puso de moda el melodrama freudiano, que siempre ha dado películas interesantes pero fallidas; del Marnie de Hitchcock a frutos tardíos como Eyes Wide Shut, el último Kubrick, desafiantemente anticuado.

Revisar recientemente un film de John Huston (Freud, 1961), me hizo comprender cómo una teoría que tanto ofende a nuestro narcisismo pudo capturar la imaginación de las masas. Las formas degradadas y populares de una mitología ―y el psicoanálisis lo es― arrojan una interesante luz sobre sus verdaderas implicaciones.

La indagación psicoanalítica ofrece una interesante variación sobre el viejo relato detectivesco. La inteligencia del analista-policía descifra una serie de pistas encriptadas para resolver un misterio. Mecanismo de desvelamiento por el que de la textura oracular del lenguaje onírico acaba surgiendo una explicación coherente. Al viejo atractivo de las artes mánticas se añade un charme científico un poquito snob. Más chocante me resultó que todo apareciera teñido de resonancias religiosas. Una voz en off abre y cierra el film sobre imágenes abstractas que evocan el caos indiferenciado previo al fiat lux. Freud, profeta de una nueva devoción, experimenta epifanías y también caídas; duda, tiene miedo de su propia grandeza, pero los sueños despejan sus vacilaciones y le abren el camino. Su terapia es también una liturgia. La curación de sus pacientes en trance hipnótico evoca la expulsión del mal del cuerpo del endemoniado. Los ciegos recuperan la vista y el bueno de Montgomery Clift puede decir levántate y anda sin asomo de rubor. Expuesta la verdad, sacada a la luz, la magia de la curación sucede. Semejante idealización del poder de la verdad solo podría haber tenido lugar en la cultura alemana.

Freud nos descubre que hasta la vida más anodina esconde catástrofes íntimas y secretos inconfesables. Hay una novela interior, clandestina, misteriosa y perversa en cualquiera de nosotros. El psicoanálisis nos hace interesantes. ¿Cómo no iba a seducir a las asistentes a los clubs de lectura de Utah como sedujo a la élite intelectual de Europa?

Finalmente, la nueva visión del yo que inaugura nuestro fumador compulsivo vienés crea un estatuto de irresponsabilidad personal. La buena nueva del niño como perverso polimorfo nos hace definitivamente inocentes. Nuestras neurosis, debilidades y miserias provienen de un trauma pretérito. Todos somos niños heridos. No se produce la abolición de la culpa, sino su desplazamiento hacia los padres y hacia el principio de realidad, al que pasamos a llamar el sistema.

Se me ocurre que semejante esquema de pensamiento se ha transferido con éxito a minorías y hasta a naciones enteras. España, así, sería un país neurotizado que puede cómodamente eludir sus responsabilidades apelando al trauma del franquismo, fuente de nuestras flaquezas y nuestras rendiciones. Cuarenta años de terapia tras la muerte física del padre no han supuesto su muerte simbólica. Mientras, seguimos regodeándonos en fantasías edípicas con la desdichada Segunda República.

Quizás sería tiempo de levantarnos del diván del analista y marcharnos sin pagar, olvidar de una vez el sórdido relato familiar, abandonar los oscuros salones donde habita el principio de muerte y salir al aire de la calle, llena de luz e incertidumbres, pero por eso también llena de posibilidades y de futuro.