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Jorobado y rejorobado, hay en su cara algo de un Anthony Perkins que saliera mal. Su presencia ha puntuado mi vida desde finales del siglo pasado, no menos que las parejas que he tenido o las casas donde viví. Pasan los años, yo cambio y su desdicha permanece. Lo he conocido casi niño. Durante los fastos del 92, en los que España proclamaba su fervor por el futuro, ya me lo cruzaba por las calles con la truculencia medieval de su chepa y un deambular que era una catástrofe cubista. A veces iba con sus padres, chatarreros de edad indefinida, con una aspereza mineral, terrosa, como recién arrancados de unos surcos, unidos en el mismo rictus de amargura, derrotados para siempre por una maldición. Ya era un adolescente cuando arrastraba él solo la pesada carga de un carro abarrotado de cadáveres de objetos, de todo aquello ya desvencijado, inútil y sin dueño. No importa que por entonces yo viviera en una inestable precariedad, cuando me encontraba con él era incapaz de soportar su mirada, donde ardía una antigua vergüenza de bestia de tiro. Ajeno a la salud de la calle en una mañana de primavera, a la belleza de las muchachas que caminaban, a todo aquello de lo que se sabía para siempre excluido, su humillante camisa sucia, bandera de todas las rendiciones, proclamaba el exilio irrevocable de la esperanza.

Nunca lo he dejado de ver. Cuando creo haberlo olvidado, reaparece en mis pasos por la ciudad. Yo envejezco y él parece no tocado por el tiempo, como si ni siquiera el gran destructor pudiera añadir más agravios a su desventura. Ahora me lo cruzo por mi barrio. Trabaja para la ONCE y lo han pertrechado con un chaleco y un datáfono. Imagino que la posesión de un uniforme lo hace no sentirse el último de los hombres. Lo percibo casi ufano. Ujieres y botones conocieron antaño ese alivio. Qué extraño que las víctimas de un destino adverso sean las encargadas de dispensar las seducciones del azar. Incluso en nuestro mundo desencantado, permanece algo irracional y pagano, algo que no extrañaría a un asirio. No ha llegado el día en que lo haya visto sonreír.

¿Por qué iba a hacerlo?, no le faltan motivos para el odio y la blasfemia ante esa broma pesada en que se ha visto implicado. Su vida ausente de alegría clama al cielo, ofende al mundo y me pone aun un nudo en la garganta. Bien sé que el universo es un lugar indiferente, feroz y cruel; que nuestra misma existencia en medio de eternidades, vastas violencias y espantos es un afortunado azar, que no son posibles los milagros, pues nada puede modificar la sucesión de causas y efectos sin comprometer la misma urdimbre del tiempo. Poco puedo hacer por él salvo escribir estas líneas efímeras ―yo mismo, inmensamente desconocido y abocado a la extinción y al prematuro olvido que aguarda a aquellos sin descendencia― dando testimonio de que vivió. Puedo desear y escribir, aunque sea mentira, que en sus sueños se alza bajo el sol erguido y libre de la dura ley de las causas y los efectos, capaz de amar y ser amado, como si las cosas hubieran sido de otra manera.

Paul Klee. «Error en verde» (1930)