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Soy una persona de clase media con una experiencia limitada del mundo y sin embargo tengo el atrevimiento de dedicarme a escribir. En literatura eso no tiene por qué suponer un problema ya que el escritor puede ―y debe― encontrar oro en los márgenes estrechos de lo habitual. Cosa diferente es el trabajo del guionista, donde con frecuencia debes sumergirte en mundos muy diferentes a aquellos que conoces de primera mano. El otro día me sentía incómodo al escribir una secuencia que tenía que ver con el mundo de los grandes negocios, esa dimensión paralela que transcurre en lugares refrigerados, enmoquetados y secretos y donde se decide sobre nuestras vidas entre ácaros y flujos de dinero. Los flujos de dinero son no menos importantes que la circulación de las ideas, échenle un vistazo al activismo desaforado de la publicidad actual y entenderán lo que digo. Como tantas otras veces, me enfrentaba a la representación convincente de un medio que desconozco por completo, labor para la que solo dispongo de una serie de imágenes tópicas del cine y los anuncios o, por inducción, el recuerdo de la actitud desenvuelta y descreída de los pocos abogados de éxito que uno ha conocido.

Siempre me ha dado que pensar la torpeza con la que el audiovisual español ―no se me ofendan, hay excepciones― suele retratar el poder, sea económico o político. En los productos de la industria americana, de The West Wing a Margin Call esos ámbitos se muestran de un modo convincente. No digo veraz, porque carezco del criterio para comprobarlo; lo importante no es que realmente sean así, es que uno crea que pueden ser así. Como imagino que sus guionistas no serán todos alumnos de Yale, se impone buscar otra explicación que vaya más allá del peso de lo vivido.

Dos explicaciones surgen a bote pronto. La primera es puro materialismo marxista. El escritor de ficción americano cobra más y se puede permitir más tiempo para documentarse, sus departamentos de arte disponen de un mayor presupuesto para que el lujo y el tronío luzcan en pantalla. La segunda sería que el sustrato cultural sobre el que crecen los guionistas anglosajones (incluso aquellos cuya dieta no va más allá de Star Wars o Marvel) está basado, aun lejanamente, en Shakespeare y el Antiguo Testamento, donde el poder (y la gloria) encontraron una voz elocuente. Pero creo que hay algo más sobre lo que ya habré escrito por aquí. Existe la convicción de que un sobrio realismo sería el género por excelencia de una España poco amiga de la fantasía. Yo niego la mayor. Pueblo de moralistas como somos, la objetividad, ese espejo ante el camino del que hablaba Stendhal, nos resulta ajena y hasta sospechosa. Cuando narramos, juzgamos. Por eso nuestros ricos y poderosos de la ficción ―y esto va dirigido también a los actores― no se parecen a lo que los ricos y poderosos realmente son, sino a la imagen distorsionada y moralizante que tenemos de ellos. ¿Para qué investigar sobre sus costumbres, para qué intentar meterte en su mente si YA sabes que son unos hijos de puta? No son personajes, son emblemas, seres de maldad bidimensional que podamos oponer a la virtud republicana de nuestros héroes en las parábolas, género de predicadores, que tanto nos gustan.

En estos tiempos de revival guerracivilista, de polarización y simplificación extremas, uno no puede dejar de pensar melancólicamente que la superación del conmigo o contra mí ―esa dialéctica amigo/enemigo, esa ética de patio de colegio―, que emprenderla a martillazos con los putos espejos deformantes del callejón del Gato, no solo haría del nuestro un país más habitable, sino que nos traería mejor literatura y elevaría considerablemente el nivel de nuestra ficción. Si no podemos evitar una guerra civil, que al menos nuestras series molen.

Il divo. Paolo Sorrentino (2008)