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Aunque algunos se comportan como si todavía no hubiera terminado, lo cierto es que la guerra civil española llegó a su fin el 1 de abril de 1939. Con motivo del reciente aniversario me topé con un audio que recogía el parte final, leído por el actor Fernando Fernández de Córdoba. En 37 segundos una voz con un timbre estudiadamente heroico ―cierta cualidad metálica de tenor era considerada en aquellos años el colmo de la virilidad y desde joven y con dos copas imito ese timbre con soltura, para solaz y entretenimiento de amigos― hace caer el telón sobre un drama de años. Al escucharla detecto nuevos matices: arrogancia, un principio de afonía y de cazalla, chulería bronca y cuartelera, muy adecuados para todo aquello a lo que aquel fin daba un comienzo. Si para media España esas palabras suponían la llegada de una paz largamente deseada, para otra mitad no fueron sino los acordes iniciales de una serie ininterrumpida de desgracias y terrores, ya que el general Franco fue ajeno a la virtud cristiana de la piedad. No hubo clemencia con los vencidos. Ese mensaje, que abre un paréntesis anómalo en nuestra historia, está así cargado de resonancias siniestras.

Fernando Fernández de Córdoba, que apellido de anarquista no tenía, la verdad, fue un militar por tradición familiar que descubrió de joven las seducciones del teatro y cuya doble condición castrense y farandulera facilitó su elección para leer en la recién fundada Radio Nacional de España los partes de guerra, entre ellos el que famosamente terminaba con ella, rechazando la idea inicial de que la atiplada voz del Caudillo se encargara de hacerlo. Es chocante que un militar vocacional decidiera en un momento de su vida encarnar otros personajes. El joven sargento conoció el placer del desdoblamiento y sin duda soñó con una fama que le llegaría de una manera muy diferente a la que imaginaba. A pesar de que el sonido institucional de su voz fue conocido en todos los hogares de España ―o quizás precisamente por eso― su carrera no llegó a despegar. Su rostro algo genérico de galán senior puede rastrearse en una serie de papeles sin brillo, pero no gozó de un reconocimiento masivo. En los años sesenta, tras su retirada profesional, ocupó algunos puestos relacionados con la docencia y que intuimos una recompensa por los servicios prestados; entre otros la dirección de la Real Escuela de Arte Dramático. Los métodos y las enseñanzas de este Lee Strasberg de derechas me inspiran cierta curiosidad y algo me dice que aquellos jóvenes actores a los que dio clases igual no fueron muy naturales, pero seguro que vocalizaban como dios.

Lo llegué a conocer o al menos eso creo. Se trata de recuerdos imprecisos, pues todos los recuerdos de la infancia son reelaboraciones donde lo fantaseado y lo apócrifo conviven con pequeños rastros de lo que acaso ocurrió. Fue cierto que aquel verano lo pasé en Ribadesella, el pueblo de mi madre. Fue cierto que las noticias las copaba el escándalo Watergate, que aprendí a utilizar lombrices vivas como cebo de pesca, que vi mi primera película violenta en un pequeño cine y que era de Sergio Leone y que mi padre me consideró lo suficientemente adulto como para que supiera que el anciano tembloroso que abría los telediarios se había hartado de firmar sentencias de muerte. Del resto no estoy tan seguro. Era una tarde de lluvia y bajaba las escaleras de madera desgastada de la casa de un pariente. En la oscuridad de un portal que olía a humedad marina y a carbón nos cruzamos con un pulcro anciano que venía de la calle con gabardina y que nos saludó con una digna cortesía antigua. Mis padres me dijeron que aquel hombre atildado era el que había leído aquello de «cautivo y desarmado el Ejército Rojo…».  Eso es todo, no sé si ese encuentro en el portal es una licencia de mi imaginación, ni siquiera si mis padres fantaseaban también y el Fernández de Córdoba real jamás veraneó en aquella villa de mi infancia. Lo que me interesa es que aquel actor mediocre que fue un símbolo odiado, que fue la Historia que te pasa por encima, también fue un viejo afable del que quizás algún nieto recuerde el tacto de su mano y una fragancia anticuada, una letra relamida en un puñado de cartas. Muy pronto su nombre no dirá nada sino a unos pocos especialistas. Me hubiera gustado saber si durante la guerra se comportó como un hombre justo y no incurrió en vileza porque me siguen conmoviendo los rasgos de decencia individual en las grandes matanzas. Solo puedo imaginar que, como todos, vivió, se equivocó, se enamoró, hizo el mal sin saberlo y el bien sin buscarlo, conoció la felicidad y la alegría de la amistad, también el sabor sucio de la humillación y la decadencia de su cuerpo y ―mientras yo siga vivo, que tampoco van a ser tantos años― aún seguirá subiendo esas escaleras con algo de lluvia sobre sus hombros, agarrándose al pasamanos, ligeramente encorvado, desde la oscuridad del portal hasta una claridad que inunda los pisos superiores.