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Había pensado seriamente en abandonar este blog y, para poner punto final a mis cavilaciones, decidí acceder a un universo paralelo y visitar a la única persona cuyo consejo podría serme de utilidad: el Perpiñá que hubiera querido llegar a ser.

El Perpiñá que hubiera querido llegar a ser era un hombre encantador ―como no podía ser menos tratándose de mí― aunque no carente de arrogancia, cosa disculpable en alguien que había cumplido sus sueños de juventud. Vivía en una casa que en líneas generales me resultó familiar, ya que buena parte de sus muebles, objetos, recuerdos y libros eran los míos, aunque percibí la intromisión de algo civilizado, agradabilísimo, que entendí como la influencia de su esposa, que me presentó y que se parecía mucho al tipo de mujer que siempre me ha gustado.

―Mira, Verónica, este señor soy yo si hubiera sido un vago.

―Ay, qué cosa más simpática de hombre.

Y se retiró a otra habitación a practicar al piano piezas de Couperin.

En un arranque de sinceridad le conté mis escrúpulos, que eran de orden estético, pero también moral. Sentía que ya le había pillado el truco al formato, detectaba ciertos automatismos, cierta maniera. Fatalmente me repetía. Me veía recurrir una y otra vez ―mendigo de la eternidad, toxicómano de la infancia― a los mismos motivos, a las mismas imágenes. Sentía que me quedaba sin temas. Ya me resultaba demasiado cómodo, dedicaba unas horas a escribir una entrada, la colgaba y acto seguido la gratificación inmediata de la aprobación en las redes. Como una paloma de Skinner accionando con el pico una palanquita, me había vuelto un farsante que desplegaba los recursos que sabía que funcionaban para desatar la emoción y el halago. Tocaba cambiar de voz, pasar a los grandes formatos, sustituir la satisfacción a corto plazo por la exigente labor subterránea de lo extenso, iniciar un aprendizaje de los tiempos muertos, una modulación de los entusiasmos, una economía del éxtasis.

El Perpiñá que yo hubiera querido ser empezó mirándome con curiosidad y acabó escuchándome con impaciencia. Cuando terminé, con la sensación de haber como siempre revelado demasiado de mí mismo, se puso a hablarme de sus novelas, esas novelas que yo no había escrito, una de las cuales ―me informó con orgullo― fue incluida en el año 2005 por Babelia entre lo mejor del año. Algunas de ellas tenían títulos inaceptables como Lejanía del nadador o Légamo. ¡Qué decepción! Como no se privó de leerme algunos fragmentos, encontré su prosa pulcra pero sin mordiente y sus ideas mansas, siempre adecuadas, convenientes, lo que atribuí a la frecuentación del ambiente literario, a esa servidumbre cortesana de tener que leer las obras de tus colegas. Me di cuenta de que me trataba con condescendencia:

―No te preocupes si te repites. La gente tiene muy mala memoria. Una hora después de leer tu entrada la habrán olvidado. Es un puto blog, dios santo, no escribes para la posteridad, la posteridad ya no existe. Échale cara, hay que tener el valor de la propia mediocridad.

Seguramente creía que no me daba cuenta, pero estaba claro que si me animaba a malgastar mi tiempo y a arruinar mi estilo en un blog era porque ni siquiera en un universo paralelo quería competidores. ¿Hace falta que lo diga?, empezó a caerme mal. Me repugnaron sus hábitos de orden y esa voluntad que le hacía escribir día a día laboriosas ficciones, me fastidiaba que estuviera más delgado que yo y que tuviera una mujer adorable. Su dedicación obsesiva a su tarea le vedaba la dispersión, su conocimiento era especializado. Toda esa montaña de datos y fruslerías que el diletante ha acumulado durante décadas de procrastinación le eran ajenas, lo que lo hacía ligeramente aburrido. El pañuelo de seda que llevaba al cuello me pareció en especial una refutación de toda su obra. Cuando al acompañarme a la puerta me preguntó si necesitaba dinero me permití una pequeña mezquindad:

― No, gracias, soy guionista. Seguramente gano más pasta que tú.

Al despedirnos me dio un abrazo y el único consejo que mereció la pena.

― ¿Quieres que parezca que todo ha cambiado?, pon otra foto en el blog.

Y salí a la calle sintiéndome liberado de un peso, intentando asimilar lo que había hablado con ese fatuo. Mire hacia atrás por última vez. Tras la ventana, Verónica había apartado la cortina y me miraba partir. Al verse sorprendida la dejó caer y se apresuró a desaparecer en el interior, con su piano, su Couperin y su maridito.

Me alejé pensando en qué nueva imagen podría utilizar en la página, según su consejo, mientras caminaba por una avenida fabulosa. ¿Cómo os podría describir el paisaje que se extendía ante mí? Una perspectiva monumental, donde esa luz fuera del tiempo que baña los universos paralelos lo hacía todo reconocible y familiar, pero saturado de sentido. A un lado una severa arquitectura, como un decorado donde habría vivido muchas otras vidas en un pasado que había olvidado pero que ahora se desperezaba entre los sonidos de la ciudad y las palabras de sus habitantes; al otro lado se extiende el mar como una promesa siempre renovada de cambio y aventura. Calma y entusiasmo. Un mundo donde la felicidad no excluye el misterio, donde nada se pierde y todo puede ocurrir de nuevo y donde sería hermoso vivir.

Y aquí estamos, de vuelta a casa.