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La experiencia de las estaciones va más allá de la aprehensión intelectual, es un conocimiento del cuerpo. La sustancia cambiante, el carácter cíclico de lo real quedan fijados en nuestra psique muy tempranamente y de un modo indeleble. El invierno es particularmente desusado ya que se opone a los instintos de la cría del humano, animalillo de exteriores. Unas manos tiernas cubren al niño de capas de ropa, aparecen nuevos hábitos: el roce sofocante de la lana, la noche temprana, las comidas sólidas, humeantes, un soplo diáfano y helado en las mejillas que es casi un dolor, el aliento visible en el aire, el peso de las mantas, el olor antiguo de las chimeneas que siempre es una promesa de felicidad, los dedos ateridos, el milagro silencioso de la nieve, la magia inagotable de los fuegos encendidos.

Poetas, músicos y pintores se han ocupado del invierno, de sus aspectos anecdóticos, de sus misterios tremendos. Los artistas virtuosos trabajan las gradaciones del blanco y la desnudez del árbol, la ventana encendida en la oscuridad donde la piedad de otros hombres salvará la vida del viajero perdido; los músicos evocan la euforia del patinador y la cólera de la ventisca; los poetas lo saben emblema de la vejez y el acabamiento.

Los pájaros huyen a fabulosos países lejanos y cálidos, los días se hacen más cortos, los animales hibernan, la vida se reduce al mínimo. El enigma admirable de la encarnación de un dios en un niño se celebra justo en el momento en que la muerte se enseñorea de campos y bosques.

Una amiga virtual me comentaba ayer que los prestigios del invierno son un mito de los prósperos países del Norte y no le falta parte de razón. Para los desdichados, para los que carecen de un techo sobre sus cabezas, el invierno siempre ha sido el tiempo penitencial del miedo, el hambre y el sabañón, la estación en que la escarcha devasta las magras cosechas, el cuerpo se consume y los hijos mueren. En el cielo de los pobres siempre es verano, el verano es público y común. Para los afortunados, el invierno significa los placeres de la seguridad, del hogar, de lo privado. No te lanzas a grandes empresas en invierno, el invierno es conservador. Los campesinos prósperos, reducidas provisionalmente sus labores, disfrutaban de sus despensas llenas, de la matanza del cerdo y los leños crepitantes. Los caballeros se encerraban en el castillo y se dedicaban a la bebida, a soportar las intrigas domésticas y a escuchar las hazañas de sus antepasados, suspirando por la llegada de la primavera y el nuevo inicio de sus pillajes.

He amado los inviernos. Siempre me gustó aquel pasaje en que De Quincey evoca las dulzuras del opio en las largas noches del tiempo inclemente, rodeado de sus libros, haciendo uso de un buen té y una botellita de láudano siempre a mano, al abrigo de la chimenea mientras el clima ejercía su tiranía tras las cortinas. En estos días de reclusión he tenido la oportunidad de experimentar muchas veladas así, diría incluso que he llegado a saciarme. Mi entusiasmo invernal se ha limitado, el cuerpo ya no responde y el frío te hace sentir miserable. La soledad ya no me es tan grata, la compañía de los muertos no me resulta suficiente. Desengañado como nunca de los hombres, necesito de su presencia. Bach puede confortar tu corazón, pero no puede calentar tu lecho. Hay un temor de que el invierno no sea un paréntesis en la plenitud de la vida sino una estación final.

Der Abschied el último movimiento de Das Lied von der Erde, de Gustav Mahler, termina con uno de esos momentos de una belleza que justifica nuestro paso por el planeta. La contralto, ingrávida, canta:

Die liebe Erde allüberall
Blüht auf im Lenz und grünt aufs neu!
Allüberall und ewig blauen licht die Fernen!
Ewig… ewig..

¡La amada tierra florece en primavera,
por todas partes de nuevo reverdece!
¡Por todas partes y eternamente, resplandece de azul el horizonte!
Eternamente… eternamente…

Hay quienes en las grandes profundidades blancas de Brueghel o de Goya ven el rostro de la muerte. Uno, que a estas alturas es capaz de aceptar la dignidad del engaño, prefiere, con Mahler, mantener la insensata esperanza de los grandes deshielos, del cielo niño de la primavera ―camino de regreso de las golondrinas―, del retorno de cuanto perdimos y nos será devuelto. Ewig, ewig…

Gregory Credwson