Etiquetas

, ,

Mi madre murió ayer, día de Todos los Santos, por tercera vez. La primera vez coincidió con el fin de mi primera juventud. El paso a la madurez fue ese momento en que mamá ―los soldados heridos, las personas en trance de muerte a veces invocan a sus madres con ese tierno apelativo del niño―, quien te hizo a ti de su propia carne, la primera voz que escuchaste, los labios que besaban tu frente en el miedo y en la fiebre, se transforma en una señora con afición a la laca, a los cardados y al tabaco rubio fino, alguien más complicado de lo que imaginabas. Uno empieza entonces a rechazar su retahíla de agravios, su obsesión por borrar el recuerdo de su pasado, sus pequeñas vanidades, su sujeción a las convenciones. Tu madre deja de ser tu madre y pasa a ser un mero significante edípico que los psicoanalistas te instan a matar simbólicamente.

De su segunda muerte se encargó el alzhéimer. Durante años asistimos a la demolición de su mente, al despedazamiento del lenguaje y del sentido. Su memoria, su mismo aspecto se desintegraron. La mujer que quería ser como Deborah Kerr acaba usando pañales y profiriendo sonidos inarticulados.

Demasiado tarde el coronavirus, ese irrisorio ovillo de ADN fruto de una azarosa mutación en el Celeste Imperio, que tantas cosas ha destruido en nuestras vidas, ha quebrantado su inmensa fortaleza y ha puesto punto final a una agonía impía de años. Por fin María Josefa, mi madre, ha sido liberada de su carga. El alzhéimer es doblemente cruel, no solo acabó con sus recuerdos, también con los míos. Qué esfuerzos tengo que hacer ahora para recordar su humor, las canciones que nos cantaba a mi hermano Alberto y a mí cuando se sentía feliz, su brillo, su alegría y su dulzura. Casi recuerdo más vívidamente lo que de ella no conocí, lo que me llegó de oídas. Cómo durante la guerra, siendo una niña con trenzas iba cada día a llevarle la comida en una canasta a mi abuelo, encarcelado por rojo; cómo los soldados jóvenes la conocían y la saludaban con cariño al dejarla pasar ―mis padres, ambos del bando perdedor, nunca me enseñaron a odiar a los otros, algo que jamás les agradeceré lo suficiente―, cómo los hombres presos le pedían que se fuera cuando devolvían a la celda a un compañero a quien acababan de dar una paliza, porque hay cosas que los niños no deben ver.

Pero de todas esas imágenes me quedo con una. Mi madre nadaba muy bien, se jactaba de ello. En su pueblo de Asturias había dos playas: una extendía su inmensidad en la desembocadura de un río, abundante en arena y suntuosas villas de indianos; la otra, La Atalaya, era su favorita. Pedregosa, bravía, angosta, los grandes peñascos negros, deformados por el oleaje y el viento, fueron testigos de las proezas de su juventud. Yo conocí esa playa, ella me enseñó a caminar por las pozas al bajar la marea, entre fucos, anémonas, erizos y estrellas de mar. Allí se lanzaba años atrás desde una roca y se zambullía en la espuma con sus amigas, cuyos nombres siempre en diminutivo se me antojaban fabulosamente norteños. Y ahí quiero dejarla, quiero que se aleje de los farallones y pueda nadar hacia alta mar, «like the dolphins, like dolphins can swim», dando grandes brazadas, escuchando la despedida de las gaviotas rodeada de azul, bendecida por el sol, descalza, inocente, sin saber nada de su futuro en una ciudad del sur, sin saber nada ni siquiera de este hombre desencantado que alguna vez fue su pequeño y que escribe estas líneas y que, ahora sí, por fin, puede consentirse las lágrimas.