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El mundo se empezó a joder cuando algún solemne imbécil decidió que la asignatura antes conocida como “trabajos manuales” debía pasar a llamarse “pretecnológicas”. “Trabajos manuales” era un concepto dignísimo, de gran precisión, en el que resonaban Hesíodo y Marx, que abarcaba gremios y mandiles, menestrales y talleres en un imaginario emocionante de sastres, talabarteros y luthiers; “pretecnológicas” es una árida pedantería, una esdrújula pomposa, remilgada, casta.

Todo aquel que abra un tubo del producto inventado por el simpático Gregorio Imedio ―un señor de Calzada de Calatrava que se pasó la infancia empalmando bobinas de película en el cine de verano de su familia y rompiendo vajillas para sus experimentos― sentirá, además de un breve mareo reminiscente de los transportes del popper, un magdalenazo a lo Proust que lo enviará directamente a una tarde de su niñez, con una lluvia machadiana tras los cristales y todo el atrezzo. Los humanos por lo general amamos los recuerdos de la infancia, convenientemente desinfectados para borrar el miedo, el remordimiento y el tedio, que también enseñaban su fea cara, y los amamos porque la realidad no había iniciado el proceso de desencantamiento y porque los recuerdos son quizás la definitiva propiedad privada, lo único que nadie, salvo el accidente vascular o el alzhéimer nos puede arrebatar.

Los maestros nos encargaban una labor determinada ―la irremediable cursilería de unas vidrieras, unos cuadros hechos con bolitas de papel de seda o un mapa de España aparatosamente analógico en el que una bombillita pálida se encendía cuando adivinabas que el acueducto de Segovia se encontraba en Segovia― y en los días siguientes las papelerías de los barrios se inundaban de niños comprando charol, fieltro, papel de seda, cartulinas, celofán de colores, toda una industria inocente que imagino extinguida.

Yo era del tipo desastre y mis obras, ambiciosas pero irrisorias, jamás tuvieron un acabado pulcro ni elegante. Algunos niños dominaban la materia, que se sometía sin problemas ante sus dedos hábiles que tal pareciera que nunca se mancharan con pintura o pegamento. Héroes por un día, sus producciones tersas, equilibradas, netas, eran celebradas por el profesor como ejemplo de probidad, perseverancia y buen hacer. Algunos compañeros cabrones gustaban de esperarlos a la salida y pisotear con saña el logro de sus desvelos (o el de sus padres, que fraude también lo había) con esa simplicidad genial que a veces adopta el mal. Aquellos alumnos mañosos no estaban necesariamente dotados de creatividad o alguna otra aptitud específica, pero ninguno de ellos ha acabado metiéndose jaco en el local abandonado de un bingo en Ciudad Lineal. Si yo realizará entrevistas de trabajo exigiría a los candidatos que trajeran alguna manualidad de su infancia: si todas las bolas de papel de seda tienen el mismo tamaño, contrátalo.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces, un siglo concretamente, y cada vez que escribo, cada vez que ensamblo las historias de los guiones por los que me pagan, siento que sigo recortando y pegando trocitos de papel un domingo por la tarde, con su melancolía y su ansiedad. Ya no me pongo perdidas las manos con pegamento, pero construyo de nuevo una jaula frágil hecha de celofán, frases, cartón y recuerdos imaginados, efímera ―bien lo sé― pero suficiente para protegerme de la lluvia ahí fuera y para que finalmente me digan: bien hecho, Perpiñá. Y me den una palmadita en el hombro, héroe por un día.