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Antes de que el mundo y sus habitantes se nos transformaran en una bufonada santurrona e irracional, es decir, antes de que el siglo XXI empezara a mostrar su rostro bifronte ―roussoniano con esteroides y darwinista sonriente― es decir, antes de que empezáramos a envejecer y a tener miedo de caer en la irrelevancia, el enemigo era la clase media, aquella pequeña burguesía filistea, nuestros padres, vamos. Ridiculizábamos su moral pacata de tergal y braslip Ocean, su cubertería para los invitados y la trivialidad de sus gustos artísticos, puro kitsch acomodaticio. Después de una vida marcada por la guerra y por la estrechez, se conformaban con el plato de sopa en la mesa, la meriendilla y el orden conyugal, tan abrigadito, cuando nosotros exigíamos el absoluto, los fastos de la embriaguez y la aniquilación, ¡valientes cobardes nuestros padres!

Tengo algo que deciros, el kitsch ha muerto. En el kitsch (palabra que ―como leitmotiv― se suele utilizar mal, de momento no significa hortera o al menos no solo hortera) siempre hay una imitación barata de los prestigios del pasado. El pasado como referencia, la mera idea de prestigio, hace tiempo que ha perdido su peso asfixiante y solo provoca el bostezo y la impaciencia. La pura novedad, la “tendencia”, se erige como valor absoluto. La banalidad como victoria paradójica de las vanguardias.

Eran muy del gusto de la pequeña burguesía unos relojes de pared que imitaban la idea del lujo doméstico decimonónico. A su maquinaria, lo puramente analógico en sí, se le daba cuerda tirando de unas pesas colgadas con cadenas, unas campanas tubulares atronaban la casa a cada hora con un toque big-ben. Una leyenda en letras eduardianas rezaba: Tempus Fugit. A la clase media de antaño no le molestaba ese recordatorio de la entropía. Para nosotros la mera idea de disminución, de pérdida, la idea del límite, resulta inaceptable. La plenitud extática de un presente lleno de posibilidades de elección es la única forma imaginable de estar en el mundo. No solo no podemos creer en dios, es que la idea de una eternidad invariable nos parece la peor de las pesadillas. Hijos de la abundancia, necesitamos la variedad de las grandes superficies comerciales y las plataformas audiovisuales, reclamamos una escatología de tenderos.

Estaba hace un par de días escuchando viejos discos de rock americano de finales de los sesenta. Por un momento pensé en aquellos años que no viví. Cuánta música, cuántos acontecimientos, cuántos cambios y experiencias, cuánto tiempo inagotable. Una era. Reparé entonces en que una estimación optimista fijaría el periodo del hippismo entre 1966 y 1972, cuando ya se puede decir que «the dream is over». Seis años apenas. Uno mira los recuerdos de su Facebook de hace seis años y se ve a sí mismo comiendo una paella en un ayer sangrante de puro próximo o haciendo un chiste que aún nos parece reciente. Nada ha ocurrido desde entonces.

Es normal, ya estamos hechos, desgraciadamente no cabe esperar grandes mejoras en ese producto acabado e imperfecto que hemos llegado a ser y esa ausencia de cambios significativos hace que el tiempo sea uniforme, escasamente significativo, deleznable. Su curso parece acelerarse como el agua en las proximidades del sumidero, como los mundos cerca del horizonte de sucesos. Hay respiros en esta carrera enloquecida, claro. Esta mañana el cielo estaba lavado tras la lluvia de anoche y las nubes se desplazaban con una graciosa lentitud, el tiempo parecía detenido, abismado en sí, bueno y generoso. Pero que yo, teniendo en cuenta las dimensiones desaforadas de mis sueños de juventud, me tenga que conformar con esto, qué queréis que os diga. Porque yo quería otra cosa, «porque esta perra insatisfacción del alma no se aplaca, / como ellos pretenden, con cuatro bicocas», como decía Rafael Berrio, experto en derrotas.

Y sin embargo acabo aceptando y conformándome y ese aceptar es una rendición y poco a poco me transformo en la sombra de mis buenos padres, que me visitan en sueños en un estado precario y desvalido y, rayos, no me da la gana. Joven Perpiñá que fuiste, tú, que tanto deseabas y tanto ignorabas, alma de cántaro, no me abandones, socórreme.

 Yves Tanguy. «Le mobilier du temps», 1939