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La terraza domina un valle subtropical que evoca parajes de una Indochina imaginaria en ese balance perfecto entre luz y frescura de un amable sábado de septiembre. En una sobremesa de amigos cuentan la historia de un conocido común, alguien que ha hecho algo malo, algo estúpido e inexplicable que ha arruinado su vida y la de cuantos lo rodean, porque las malas obras dejan un rastro vil de saña, tristeza y vergüenza y ruego mentalmente que un impulso irreflexivo o una obsesión de la que no me sepa librar no me haga caer en el número de las almas perdidas sin remisión.

Horas después, con otros amigos y bajo un cielo nocturno, vuelve a mi recuerdo tras muchísimos años una persona muy distinta. Era el padre de una novia de mi hermano, una familia muy peculiar con seis hijas y un hijo mayor. Flaco, afable, ligeramente encorvado, con unas gafas de pasta que caían sobre unas grandes narices aguileñas. Un hombre que contenía en sí su caricatura. Tenía el hablar suave y una gentileza de maneras no infrecuente entre quienes trabajan en esos despachos enmoquetados, refrigerados por sórdidos laberintos de tubos, donde zumba el neón y el dinero circula y cunde. El trato frecuente con los sueños de fortuna y las íntimas catástrofes de las grandes ruinas no lo envileció, sus actos hablaban en voz baja de alguien esencialmente bueno.

Practicaba la prestidigitación en sus ratos libres, pertenecía a una de esas asociaciones de magos aficionados, esos adultos aún niños que perseveran en el asombro pese a conocer mejor que nadie que en toda magia hay un truco, un resorte, alguna forma de engaño.

Sus hijas me contaban cómo desde pequeñas estaban acostumbradas a que su padre las metiera en cajas decoradas con motivos chinescos y las partiera en dos con una sierra ante el asombro de otros niños, que aplaudían con los ojos bien abiertos al verlas suspendidas en el aire con la cabeza apoyada en el respaldo de una silla o regurgitando monedas y pañuelos de colores.

Las seis hermanas abarcaban en estaturas crecientes todas las variedades de la feminidad dentro de una común bonhomía, esa salud fundamental de quienes se han criado compartiéndolo todo. El hermano mayor, delgado como el padre pero de una altura desmañada, asumía con una tranquila resignación su condición anómala en aquel gineceo presidido por una madre norteña de una dulzura totémica.

El matrimonio y su nutrida familia tenían una casa en la playa, un chalecito no demasiado grande con un ficus centenario de aspecto jurásico en un pequeño jardín compartido, las ventanas del salón abiertas en verano a los cuatro puntos de la brújula y a los novios de sus hijas y a los amigos de los novios de sus hijas. Aquel salón era un campamento de refugiados durmiendo en sacos de dormir y cada mañana aquel hombre se paseaba por ese mundo, plácido y feliz, intentando no pisarnos, indiferente al bullicioso desorden.

Lo recuerdo una vez abstraído, sentado en bañador en un rincón de la terraza. Tallaba algo con una navaja, de vez en cuando se colocaba con el índice las gafas cuando descendían nariz abajo. Silbaba y sonreía, concentrado en lo suyo. Me acerqué y vi como terminaba de modelar una patata, de la que había extraído una figurita de aspecto femenino, un kolossoi con sus brazos, sus piernecillas, una coqueta melena y unos alegres pechos triangulares. Cuando estuvo satisfecho se levantó con una risa traviesa y me hizo una señal para que lo siguiera. Entró en la cocina sin parar de silbar y encendió la freidora, en cuya cesta depositó aquella muñecaja y la sumergió en aceite hirviendo hasta que la tiilla quedó perfectamente frita. La dejó escurrir y entonces se volvió hacia mí y me guiñó un ojo.

No he vuelto a saber nada de él ni de su familia. Entonces tenía la edad que yo tengo ahora, así que es muy probable que haya muerto y que aquella casa jaranera haya sido derribada para construir bloques de apartamentos. Me gusta imaginar que aquellas hermanas han tenido una abundante descendencia donde el par cromosómico 23 siempre fue XX y que sus casas están llenas de novios gorrones que al levantarse con unas resacas tremendas saquean unos frigoríficos atestados de alimentos en envase familiar.

Le doy vueltas a aquella chiquillada, aquel ritual paródico y ahora me pregunto si aquella maquinación doméstica con un figura humana tallada en un tubérculo no sería una operación mágica. En las vastas escalas cósmicas, concentraciones inimaginables de energía en un único punto pueden crear una vía de escape hacía un pequeño universo paralelo, un universo recién nacido. Puede que el buen mago hubiera creado un lugar de la mente donde cualquier hombre de su edad, cansado, experto en decepciones, pudiera encontrar siempre un refugio contra la desesperación y así no ingresar en el número de las almas perdidas, un lugar abierto a todos los que sepan llegar, un lugar donde siempre tienes veinte años, un salón ni muy grande ni demasiado pequeño, donde todos los vientos del mar mueven las cortinas y dejan ver el azul del cielo y nos llega desde fuera la risa de muchachas jugando entre la espuma y la llamada de las aves marinas. Muy cerca un árbol, que es el primer árbol, hunde sus raíces en el suelo y en un rincón unas gafas de pasta y una diosa titular, que es una patata frita con unos simpatiquísimos pechos triangulares, velan por nosotros.