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Soy un ingenuo, de verdad que llegué a pensar que ante una crisis como la que estamos viviendo podría cesar siquiera por un instante la permanente campaña electoral con tintes guerracivilistas en la que hemos convertido desde hace años nuestra política. Digo hemos porque dejar caer toda la culpa sobre los hombros de la clase dirigente sería un ejercicio de autoindulgencia. Tenemos lo que nos merecemos. Basta recorrer las redes sociales cada mañana para darse cuenta de que hemos ido a peor, de que razonamos como perros rabiosos y nos expresamos como oradores decimonónicos en crack. Ninguna exageración nos parece suficientemente enérgica, los paralelismos más delirantes ya no nos satisfacen; palabras como miserable, vomitivo, criminal, asesino, se prodigan con desenvoltura. Con tal de aplastar al discrepante no hay falacia argumental a la que no recurramos sin sentir vergüenza de nosotros mismos. Si hay que mentir se miente, hasta que lleguemos a creernos nuestras propias mentiras. Se desconfía de aquel que no levanta la voz, reconocer aciertos del otro es de traidores, el matiz cosa de maricas. La ideología, más que nunca, se ha transformado en una cuestión tribal, una simplificación y un desahogo. Una praxis de la intransigencia.

Quiero pensar que una minoría hiperactiva ―entre el tribuno y el macarra― nos muestra un cuadro distorsionado de la realidad y que muchos más de lo que parece intentan embridar sus pasiones y sus sesgos. Lo dudo, pero lo deseo, ya he dicho que soy un ingenuo. Lo que nos espera va a ser durísimo así que, por favor, ¿podríais callaros de una puta vez?, ¿seréis capaces de dejar pasar un día sin acusar al gobierno de genocidio o jalearlo ciegamente defendiendo lo indefendible o difundir alguna indignidad real o inventada del adversario? La química moderna nos ofrece una amplísima gama de ansiolíticos y tranquilizantes, a cada ciudadano su narcótico. Haced uso de ellos y dejad de envenenar el aire. El problema no es el fascismo que viene ni la república bolivariana, el problema, queridos, somos nosotros.

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James Ensor