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La metáfora bélica respecto a las descomunales consecuencias de la pandemia puede parecer trivial, pero es inevitable. Movilización general y un abrumador crecimiento de la nación de los muertos. A algunos les ha tocado combatir en primera línea cumpliendo cada día con su deber civil, otros permanecemos sin gloria en la retaguardia. Los primeros arriesgan el cuerpo, pero pueden atrapar un reflejo de lo que era hasta hace tan poco el tranquilo fervor de nuestras vidas; pisan las calles, establecen formas siquiera limitadas de sociabilidad. Los confinados viven sin la angustia del contagio, pero sufren los rigores de la soledad y el aislamiento. Todos, sin excepción, el temor a lo que tendrá que venir después.

En los sueños es frecuente la aparición de aquellos que perdimos, ahora en nuestra otra vida nocturna ―las puertas, de repente, francas― salimos a ese exterior que tenemos prohibido. Montes, caminos entre tierras de labor y acequias, playas, trenes, callejones y plazas de ciudades en las que nunca hemos estado. Pero hay una incómoda agitación en esas aventuras prolijas y sin sentido, un aire general de fraude.

De día devoramos historias, nos sumergimos en ficciones y relatos, pero también acaban por cansarnos y entonces volvemos una y otra vez a convocar el pasado. Qué valor adquieren las rutinas comunes que a veces nos hastiaban, ansiosos de novedad, y que ahora sabemos que eran la sustancia misma de la que estamos hechos. Como un virus, somos una capa de hábitos que custodia los recuerdos. Es primavera y los campos están en flor, de la misma manera el planeta conoce una proliferación jamás vista de recuerdos en millones de horas de íntima soledad. Hasta los que perdieron la vida se habrán agarrado en el último momento a las imágenes de la niñez. Memorias de lo vivido saturan la atmósfera, como un polen, como una promesa de que nada se perdería. El hombre es la vía del mundo para verse a sí mismo.

El mundo. Qué deseo de volver al trato áspero, a veces amargo, hecho de mil ternuras y traiciones, con nuestros semejantes. Qué deseo de tocar con las manos, qué sed de las presencias reales de nuestros cuerpos imperfectos, tan frágiles. Qué dulce pensar en ello. ¿Se nos olvidarán estas cosas?, ¿reconoceremos después al mirarnos unos a otros nuestro miedo, nuestra común indefensión, el amor desesperado por lo que una vez tuvimos? ¿Seguiremos postergando lo importante?, ¿malgastaremos la dádiva del tiempo concedido?

Georges le Brun. L'Homme qui Passe

Georges Le Brun. «L’Homme qui passe»