El crimen, la música y el lenguaje son atributos humanos, también la navegación. Fiados al azar, al coraje y a la posición de las estrellas (aún en la aventura del Apolo 8 se empleó un sextante) los hombres se han adentrado en lo desconocido, en el reino de los monstruos y las galernas.

Lejos de las seguridades que dejaban atrás, a veces a la deriva en el espacio ilimitado y las grandes calmas chichas, era fácil abandonar la esperanza. La luz y la sed, la soledad y la monotonía podían quebrar el carácter más firme. El motín y la alucinación acechaban. El capitán Ahab siente en cubierta el olor del heno recién segado a los pies de los Andes.

Y entonces ocurre, cuando todo parece perdido. Una paloma vuelve a las manos de Noé con una hoja de olivo en el pico, la tripulación saluda el alba con un avistamiento de pájaros, el vigía, encaramado en la cofa, cerca de los cielos, da el grito que tantas veces hemos repetido en nuestros juegos de niños.

Casi inalcanzable al ojo, apenas un presentimiento, llamándonos aunque todavía no estemos a salvo. Las dulzuras de la tierra firme, el recuerdo de los trabajos y los placeres habituales. Ignoramos qué clase de lugar nos acogerá, si el mundo que encontraremos seguirá siendo hospitalario. Nada sabemos, solo tenemos ―tan tierna, tan frágil― la promesa del retorno y esa promesa nos colma, porque hemos descubierto que nuestro hogar estaba ahí fuera y nuestra familia eran los otros.

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