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Ayer, tras ser secuestrado a mediodía por unos amigos y darme al vino, me disponía a regresar ya caída la noche a mi casa, en el Albaicín. Caían unas gotas escasas y cogí el 31, un minibús diseñado para moverse con facilidad por las cuestas y estrecheces de un barrio medieval. Apiñado junto a la cabina del conductor, dando saltos a causa del empedrado y aferrado a una barra que pareciera que me fuera la vida en ello, escuchaba como una niña encantadora, una negrilla de unos ocho años, hablaba con este, un chaval de veintitantos, con barba y aspecto crapulento, un figura.

Ella le decía que quería ser conductora de mayor y sentarse en su asiento. El muchacho respondió: «no, hazme caso, estudia, estudia… que esto es muy cansado». «Pero todo el mundo te da dinero», observaba la niña, «sí, pero se lo lleva mi jefe», reía el hombre. Llegó a su parada y la niña se bajó con la familia, no sin saludar, «hola, Manuel», a un vejete que subía al vehículo. El autobús arrancó con esfuerzo en medio de la cuesta y, al adelantar a la niña, esta saludó con la mano. El chófer contraviniendo siete ordenanzas seguidas le devolvió el saludo con un triunfal golpe de claxon, porque esa niña que no sé ni cómo se llama había borrado por unos instantes toda idea de muerte de nuestros corazones de adultos cansados y merecía un saludo principesco. No sé cuál de los dos es más adorable. Ya sabéis, de ellos es el Reino.

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Herbert Badha – Night Bus (1943)