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Hasta cierto punto entiendo una saludable reacción a la contra en las redes sociales ante la unanimidad despertada por The Irishman, la última película de Martin Scorsese. Es difícil desprenderse de la desagradable sensación de que, tras invertir una cantidad desmesurada de dinero en el film, Netflix necesita convencernos de su grandeza, hacer de él un acontecimiento, rentabilizarlo. Algunos artículos sugieren que se trata de una película que hay que ver varias veces, joder, como si el mismo Rusell Bufalino hubiera deslizado un sobre con billetes en el cajón del articulista.

Las críticas, no obstante, suelen adolecer de una autocomplacencia de cliente puñetero, de niño mimado: es que yo a los diez minutos me quedé dormido (hace falta tenerlos de titanio, queridos), es que Al Pacino está pasado, es que no salen mujeres, es que la manipulación digital está muy mal hecha, es que es otra vez lo mismo que en Goodfellas, es que no se parece a Goodfellas, es que, es que… ignorando que Scorsese ha hecho la película que ha querido y ha sabido hacer no la que TÚ esperabas ver.

Tras meditar un par de días y revisarla de nuevo puedo asegurar que sí, que The Irishman es tan buena como aseguran. Admito que en mi juicio influye cuánto deseaba topar con un gran Scorsese tras años de obras, perdón, de productos (con excepciones que no corresponde tratar aquí) de una vistosa, exhibicionista oquedad. Scorsese parecía haberse quedado en realizador de videoclips.

The Irishman es una gran película porque habla de cosas importantes (la lealtad, el remordimiento, lo irreversible, la historia reciente de un país) y porque lo hace con autoridad. Decía Nietzsche que de ciertas cosas solo puede hablarse con grandeza, es decir, con inocencia y cinismo. Sabedor de la solidez del material suministrado por el guionista Steven Zaillian, Scorsese no tiene que recurrir a la pirotecnia y se puede permitir un trazo simple, despojado, (ya saben, el del Velázquez tardío, las sonatas de despedida de Beethoven o la poesía última de Rimbaud) que algún despistado cabronazo ha descrito como estética de telefilm. Nuestro locuaz director ya no tiene que demostrar nada a nadie, puede renunciar a muchos de sus estilemas y recuperar gozosamente otros. Es una gran película porque pasa desenvuelta de la gravedad al humor con un control impecable, porque está llena de elocuentes miradas y silencios, porque tiene un tramo final de esos en que el vacío parece hacerse a su alrededor, porque en cada escena no dejan de pasar cosas, cosas interesantísimas, porque no puedes apartar la mirada de unos actores que sin excepción (imposible no citar los cinco minutos de Marin Ireland como una de las hijas adultas del protagonista, que desmontan de un plumazo la acusación de que las mujeres carecen de peso alguno en ese universo) hacen una labor simplemente descomunal. Es una gran película porque es una despedida consciente de una mitología que el mismo director ha contribuido a crear, de todo el cine que el Scorsese espectador ha amado. Así que, querido hater, descúbrete y lávate la boca con jabón.

Irishman 2