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Casi todas las ciudades conservan restos de su pasado. Sus habitantes los consideran algo especialmente valioso y digno de ser preservado, salvo durante las revoluciones y las grandes crisis de furia. La autoridad erige patíbulos y monumentos, pues tales son sus prerrogativas. Lugares donde el poder se administra, arcos que conmemoran la sangre joven derramada, templos y palacios, torres y paramentos. Tiranos y arquitectos los concibieron, generaciones de hombres se rompieron las espaldas entre poleas y andamios para elevar sus muros hasta las nubes. Vigías de la ciudad y vastos organismos de los que emanaba un aire de fuerza y permanencia. Las casas donde los hombres comunes engendran, comen y duermen son efímeras, pero en los grandes edificios (hoy meras cristalizaciones resplandecientes del dinero) había por el contrario una voluntad de inmortalidad.

Los niños los visitan desde pequeños y así un conjunto de cantos y argamasa queda investido del aire sagrado de los primeros recuerdos. La piedra de sus fachadas, dorada bajo la luz naranja del alumbrado público, formará parte del paisaje de nuestros sueños toda una vida. Los mercaderes del patriotismo conocen la fuerza movilizadora de las viejas ruinas.

En mi caso el marco incomparable que me tocó en suerte goza de cierta fama. Su nombre, Alhambra, cargado de insinuaciones de exotismo y lujo oriental, no era infrecuente en hoteles y clubs nocturnos de otros países en los años de entreguerras.

De pequeño, en las primeras visitas, la Alhambra era fiestas de la luz y del espacio al comienzo del día, era tiempo suspendido en atrios, columnas y galerías por donde volaban los pájaros, era huertos fragantes, estanques y la frescura del agua corriendo entre las flores. Una imagen justa del paraíso. Un orden sin simetría. Aquel carácter orgánico, acumulativo, imprevisible, la hacia adecuada al gusto del niño.

La Alhambra encarna varias paradojas. La primera de las cuales es el choque entre su radical otredad y su aire familiar. Cumbre refinadísima del arte de una cultura diferente, fortaleza y palacio del placer, fragmento de oriente, con sus insinuaciones de hedonismo y languideces, incrustado en una ciudad cristiana, árida y ferozmente conservadora. Una leyenda de intoxicante romanticismo, patrimonio de una burguesía prosaica y desprovista de entusiasmo. Un excelente resumen de las contradicciones de la ciudad. Recordatorio constante de un pasado esplendoroso y por tanto de un fracaso, nos hemos criado con la conciencia de una caída. Todo monumento, despojado del poder que en él residía es un cadáver, un decorado, y sin embargo aún puede irradiar.

Durante una época pensé que viviría y moriría en otra parte. Pero regresé. Y allí estaba de nuevo, el animal totémico de mi ciudad, encaramada sobre una colina, entre el dragón y el velero. Ahora vivo aún más cerca de ella que nunca. Prácticamente no pasa un día sin que la vea en el escandaloso esplendor de su vista frontal o a la vuelta de una esquina, asomada, tutelar, al fondo de una calle. Algunos afortunados la saludan cada mañana cuando despiertan, desde amplios balcones o a través de pequeños ventanucos. El tamaño de la vista no disminuye su poder.

Todo lo pensaba ayer en casa de una amiga, que también ha decidido abandonar su vida en una gran ciudad e instalarse bajo la advocación de esas piedras. Bebíamos vino, la tarde caía con las ventanas abiertas, por donde entraba el sonido de la lluvia y el frescor que exhalaban los jardines cercanos. Ante nosotros, lavada y borrosa, estaba ella, esperando la caída de la noche y la secreta comunicación entre sus salas y las estrellas. Siempre la misma, siempre otra. Entendí que nos sobrevivirá a ambos y hallé en esa idea un cierto consuelo.

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