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El artista adolescente suele hacer mofa y befa de los gustos del burgués, no así de los de las clases populares, que considera de una robusta santidad. Al burgués le reprocha su codicia, su estrechez de miras, su cobardía vital; cuanto al burgués complace será considerado irrisorio. El mirador y sus amplias vistas aparece como uno de los sospechosos habituales. Poner los ojos en blanco ante esos marcos incomparables sería señal de una sensibilidad domesticada, que rehúsa lo convulso para solo hallar placer en lo pintoresco. Como siempre suele ocurrir, el artista adolescente, fascinado por su propia singularidad, subestima el alcance o la hondura de los gustos de sus mayores.

Rara es la población que no tenga su mirador. Si no se han transformado en objetivo turístico, son lugares donde acude el jubilado, fumadores de porros muy jóvenes o parejas de inclinación melancólica. Un lugar en alto, generalmente con alguna leyenda histórica asociada. Tu ciudad, tu pueblo, se extiende a tus pies. Allí se lleva a los niños, parajes así forman parte de la educación sentimental de cualquiera.

Mircea Eliade describe el paso de nuestros antepasados a la posición erguida como un «sentirse proyectado en medio de una extensión aparentemente ilimitada, desconocida, amenazante». La visión desde lo alto calma esa angustia. Como si unas manos amables nos hubieran alzado, nos consentimos una visión solo al alcance del pájaro. El mundo, suspendidos un instante por encima de su brutal prolijidad, parece tranquilizador, inteligible. Hemos prevalecido y lo hemos ocupado como un liquen o una modalidad fantástica de la termita. La fuerza enorme de las construcciones del pasado levantándose hacia el cielo, la trama de los campos de labor, los bosques y los jardines, terrazas y paramentos, las brumas tóxicas del polígono industrial, la curva del río, el trazado de las calles, que es una escritura.

Los sonidos de la ciudad ascienden hasta nosotros. El tráfico, las grúas y las campanas, los patios de los colegios, los muelles de carga, los muecines llamando a la misma hora a la oración, las sirenas, señal de desgracia. De noche todas las ciudades son interesantes, todo parece posible. La naturaleza desaparece por completo y solo es visible nuestra presencia, un delicado tejido de luces y colores nuevos, que nunca deja de extenderse.

Hay días de notable transparencia donde el mundo se dilata hasta grandes lejanías y el ojo cansado de la edad recupera el esplendor de la niñez. Y entiendes que el mundo, el amado mundo no nos necesita para que el sol siga saliendo cada mañana. Inagotable, inocente, un poco monstruoso. No de otra manera lo vería un dios que lo acabara de crear.

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