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No fue ni hace cuatro meses, una mañana de domingo con uno de esos soles violentos que a veces se consiente el invierno. Pasaba unos días en una ciudad vieja y civilizadísima del norte de España, una ciudad de grandes arboledas que olía a dinero y a respetabilidad. Y allí estaba con una amiga y sus tres hijos en una plaza con soportales próxima al ayuntamiento, bebiendo una cerveza que brillaba incandescente al sol, contemplando la agitación de palomas y gorriones en torno a las mesas de las terrazas y a los niños entregados a sus rituales de sociabilidad con desconocidos, en una atmósfera de tedio amable y gloria dominical. Los hijos menores se perdieron con otros entre unos puestos de cómics y se quedó con nosotros la mayor. No tendría más de catorce años. Es china, la adoptaron allí. Se considera lesbiana, es curiosa y de inteligencia inquieta, me preguntó enseguida por las elecciones andaluzas, sabía del inesperado éxito de Vox y quería saber qué opinaba. La vi fijarse en una pareja que estaba a nuestras espaldas y pronto entabló contacto con ellos.

Eran dos hombres en torno a los setenta años. Uno era un inglés con un acento cockney tan marcado que parecía un imitador. Ya jubilado, durante una temporada trabajó como monitor de teatro con niños. Me resultó simpático imaginarlo rodeado de críos con coronas de papel y espadas de plástico, declamando con seriedad y pasión pentámetros yámbicos, pero fue su acompañante el que capturó el interés de ella. Era un negro belga, sus gafas de sol acentuaban su parecido con Ray Charles y vestía con una suerte de dandismo que hacía que una especie de chaqueta de chándal del color del cielo y una gorra de beisbol resultaran espléndidos. Una camisa notable y una gruesa cadena dorada al cuello, las manos nudosas y ensortijadas como las de un Dux. Aparatosos anillos y pulseras que aseguraba diseñar y fabricar él mismo. Yo escuchaba, cortés, a su acompañante, pero estaba pendiente de la intensa conversación del belga y la chica, entre los cuales parecía haber surgido una corriente de simpatía. Hablaban en un inglés esencial, práctico, lo justo para entenderse. El belga se estaba muriendo, los doctores anunciaron el diagnóstico inapelable y él decidió pasar los últimos meses de su vida viajando. No había rastro de amargura alguna en su actitud. Sonreía mucho y su voz era de una suavidad que contrastaba con su estudiado aspecto de hombre duro. Nos tuvimos que marchar. Ya salíamos de la plaza cuando ella se dio la vuelta y corrió de nuevo hacia él para pedirle sus señas, con esa confianza ilimitada de los jóvenes en la elasticidad del tiempo y la variedad posible de los afectos, no contaminada aún por el cálculo, la estrechez de los días o el aborrecimiento de los semejantes.

He pensado en ellos, en su conversación. He recordado sus gestos al hablar con una necesidad urgente de darse a conocer, de entenderse el uno al otro, gestos con que los maestros del pasado representaban en sus lienzos los diálogos entre santos varones o soldados y mercaderes en plena francachela. Esa muchacha fue abandonada recién nacida al borde de un camino rural en un lugar perdido de un continente de extensión aterradora. Su destino era haber sido devorada por alimañas, pero el azar fue benigno y alguien la recogió y alguien venido de un país muy lejano vio algo en ella, sus ojos, su timidez o su manera de reír. Algo que cambió su vida. Ese hombre sabía que no le quedaba demasiado tiempo, cada hora era valiosa, cada encuentro lleno de significado. Ninguno de los dos tenía un pasado fácil, fuera ambos de la zona de seguridad aceptable en aquel plácido entorno burgués que nos rodeaba.

El azar colaboró también para que yo hubiera ido a esa ciudad a dar una conferencia petulante sobre la naturaleza del tiempo y que él hubiera elegido un destino turístico poco habitual y así pudiera producirse ese contacto fugaz, ese instante luminoso en que una adolescente conoce la serenidad de alguien que se despide de las cosas y que a cambio recibe, agradecido, la gracia perfecta de la juventud.

Pienso en ellos, en los comienzos y en los finales y deseo a esa muchacha que la vida sea generosa con ella, que sus labios besen muchos labios de otras chicas, que la mezquindad del mundo no la dañe, que sea lo que sea aquello para lo que ha sido destinada lo haga de la mejor manera posible. Deseo que él se despida en paz y sin dolor, en los brazos amantísimos de una droga poderosa, absuelto ante sí mismo de cuanto en su vida fuera inicuo, aceptando la suma de sus días en una confiada entrega a lo irremediable. Benditos sean.

800px-Caspar_David_Friedrich_-_Two_Men_by_the_Sea_-_WGA8249Caspar David Friedrich’