Etiquetas

Su suave soplo en la cara fue probablemente una de nuestras primeras, imborrables impresiones, junto al gran silencio de la luna o la frescura del agua. Cualquier niño sabe imitar con los labios su voz silbante. Capaz de acariciar la piel, volar los sombreros o arrancar los tejados, carece de forma; presencia invisible a nuestros ojos, dominio del vuelo, todo ligereza o poder. No es de extrañar que desde el principio los humanos lo asociaran con lo numinoso («y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas»). Aprendimos a distinguirlos según su procedencia y su carácter, les pusimos nombres bellos y francos: cierzo, tramontana, siroco, ábrego, lebeche, mistral… El marino conocía como nadie a esas caprichosas divinidades que hinchaban sus velas, de sus cambios de humor dependía el buen fin de la travesía y su misma vida.

El viento inmemorial de los cuentos y las leyendas, el que arrastra en pequeños remolinos las hojas muertas y los papeles olvidados, el que menea suavemente las ramas de los árboles ―delicia de los pájaros―, esculpe las rocas, levanta la cresta de las olas o hace tremolar las sábanas tendidas, humilde bandera de los días. El que visita la soledad de las ruinas o las vastas desolaciones de Marte

A veces, en sus grandes cóleras se hace visible en esa sinuosidad de pesadilla del tornado. Vientos de catástrofe, que arrancan de cuajo troncos y campanarios, la galerna de los naufragios, el viento caliente que propaga incendios, plagas y pestilencias, el hogar sin reposo de los espíritus desventurados.

Cómo nos complace escucharlo detrás de las ventanas, a salvo, en sus momentos de malhumor, cuando brama y aúlla como el lobo, asaltando grietas, corredores y chimeneas, el mismo viento que desvelaba a nuestros desamparados antecesores en sus cuevas. Nos agrada porque reconocemos en su gran voz algo eterno y libre, aliado del tiempo. Juego, cambio y permanencia.

54512232_373243599930411_5375524804637312826_n