Etiquetas

,

Uno de los más dolorosos aprendizajes de la edad adulta es la constatación de nuestra contingencia. Nos aferramos de un modo conmovedor a esa agregación de tejidos y fluidos, a la fantástica cadena de reacciones químicas que nos regala la ilusión de un efímero, discontinuo yo que lo es todo para nosotros, pero al que ignoran el mar, los astros y los pájaros. El mundo no nos necesita, no hay por qué tomárselo a la tremenda dicen los más sabios y qué poco nos consuela.

¡Cuánto azar en nuestra entrada en el ser! Las parejas recuerdan conmovidas y cuentan a sus hijos el instante en el que se conocieron, ese lance que cambió su destino. Del albur de ese encuentro depende la creación de un nuevo texto genético que nos determinará mucho más de lo que nos gustaría admitir. Un texto y una genealogía, porque cada genoma es también un relato. Cada uno de los amantes aportará una historia familiar. Incurables vicios de carácter, enfermedades hereditarias, la locura, el don de la belleza o del ingenio pueden reaparecer muchos años después en algún descendiente. La novela del XIX gira fascinada en torno a esa idea. Luego, en el laboratorio de almas que es la familia, en esa radical intimidad de años compartidos entre cuatro paredes, los humanos aprenderán la mezquindad, el gusto por la música o el amor por las plantas, la frialdad y la envidia, la virtud y el coraje, la melancolía, la mansedumbre, la generosidad, la humanísima honradez, las bendiciones del humor y la dulzura. El resto depende de nosotros.

Dentro de un par de días me dormirán y el estado (no hay como la cirugía para sentirse socialdemócrata) correrá con los inmensos gastos necesarios para que un equipo de desconocidos ponga lo mejor, espero, de su inmensa competencia a la hora de trastear en el interior de un señor con barba, intentando reparar un regalo de sus antepasados. No es de extrañar que me pregunte si no seré otra cosa que una variación más sobre una serie de temas previos. Una variación que se sabe contingente, sí, pero que en este mes de Mayo cuando hace la calor, cuando canta la calandria y responde el ruiseñor, cuando los enamorados van a servir al amor, como todos los Mayos que en el mundo han sido, os asegura que persevera, impertinente, en su voluntad de que nos veamos por aquí la semana que viene. Sea.

friantspring

    Émile Friant. Le printemps, (1888)