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Registraba Cioran con su habitual perspicacia cómo le sorprendió un comentario de una señora de apariencia corriente en el museo del Prado, «con Felipe II empieza nuestra decadencia», revelador de hasta qué punto un sentimiento de caída, de acabamiento, es moneda común entre nosotros. Igual que en tantas otras cosas se equivoca Santiago Abascal al sostener, perentorio, que «España unida nunca ha sido vencida». Una parte de mi infancia coincidió con el final del régimen franquista. Un libro titulado Lecturas Históricas pretendía exaltar las gestas nacionales, pero hasta un niño podía darse cuenta de que la historia de España era a partir de cierta época una sucesión de derrotas, un aprendizaje de la decepción. Todo lo tuvimos y todo lo perdimos. Lo hacíamos con dignidad y con frases de mucho lucimiento, pero lo cierto es que nos dieron hasta en el cielo de la boca. Esto hace de nosotros un país ligeramente disfuncional, pero sin duda interesante. «No hay segundos actos en las vidas americanas», decía Scott Fitzgerald. Nosotros, por el contrario, somos el país de las segundas oportunidades. Ni siquiera tenemos una palabra equivalente a ese ominoso loser y tuvimos que utilizar el feo calco de perdedor. Y yo lo celebro.  La naturaleza ―medida de toda moral para el rousseauniano sentimental― no es amable con los que pierden, esa piedad forma parte de las conquistas de lo humano.

Viene esto al caso de una imagen tremenda que nos brindó ayer la noche electoral. Tras un resultado calamitoso, los seguidores del Partido Popular no acudieron a arropar al líder en desgracia. Donde hace unos pocos años se agitaba un campo de banderas eufóricas, solo teníamos el aburrimiento dominical y nocturno de una calle cualquiera de Madrid. Unas escuetas instalaciones previstas para el caso de una celebración que no tuvo lugar subrayaban la melancolía de la escena. Así ocurren las cosas. Me sorprendió sentir cierta tristeza, como la sentí hace años tras un batacazo espectacular de IU. ¿Por qué habría de compadecerme de un político mediocre y con aspecto de vivales, aprendiz almidonado de halcón, de alguien que se ha ganado a pulso la derrota escorando temerariamente su partido hacia la derecha dura? Quizá porque sé lo que se siente, casi todos lo sabemos. Vivir te hace experto en rendiciones. Desde el sabor acre del polvo y la sangre en los labios del niño hasta la zozobra de los grandes fracasos del amor, los sueños de fortuna frustrados, el dolor insoportable de las pérdidas. Esa dimensión de incumplimiento en nuestras vidas nos iguala a todos.

Quienes tuvieron poder y lo perdieron hablan de un brusco vacío que crece a su alrededor. Privados de la noche a la mañana de la capacidad de dispensar favores, todo un ecosistema de lealtades y afectos se viene abajo. «This is the way the world ends. Not with a bang but with a whimper». Los teléfonos dejan de sonar.

Alejado del mando, donde no le hubiera temblado la mano a la hora de practicar políticas que hundirían vidas ―y qué política no supone damnificados― Pablo Casado se iría anoche a dormir con una desazón en el estómago. Instantes antes de reclinar su cabeza ya desengominada, con el código civil dentro, sobre el pecho confortador de su esposa, se miraría al espejo del baño, se encontraría disminuido, vagamente ridículo. La fría burla de lo irreversible.

Mientras, alguien fue el último en irse y apagó las luces en Génova 13. En el silencio enmoquetado ya empezaba a crecer un rumor futuro de puñales desenvainados.

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