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No sé cómo se llama, soy muy malo recordando los nombres y el color de los ojos, pero vive muy cerca de mí. La primera callejuela a la izquierda. Es una casa muy pequeña, la mínima expresión de una casa. La que hubiera pintado una niña, porque ella es como una niña. En tiempos más feroces y más humanos la hubieran llamado un alma de dios y no esa hipocresía funcionarial y santurrona de persona con capacidades diferentes. Qué desastre, la pobre, qué desastre. El pelo corto y áspero y gris. Es muy canija, tiene la fragilidad de Audrey Hepburn y la fealdad de Gloria Fuertes. Camina a pasitos ligeros pero vacilantes, un poco inclinada hacia delante, como a punto de caerse, los ojos en un asombro permanente. Es difícil adivinar su edad, viste como un hombre, en concreto como un cura obrero y si le das los buenos días se pone contentísima y te responde con una vocecilla gangosa y precaria. A veces la acompaña un perro chico, otras te pide dinero. Las personas como ella son un espectacular anacronismo en la aseada Unión Europea, el equivalente genésico de tirar una cabra por un campanario.

Una madre la parió y veló su sueño nervioso de tontica. No sé si amaría su tierna indefensión o maldeciría a dios por el fruto calamitoso de su vientre, pero esa madre ya no está. Su casa es visitada de vez en cuando, alguien en el mundo se preocupa por ella. Una señora muy arreglada llamó a mi puerta un día y preguntó por una mujer un poco rara que vivía en esa calle. Rara. De niño me daban miedo las cabecitas averiadas, los lunáticos. Apreciar la inocencia es un refinamiento de adulto, de alguien que ya tiene conciencia del mal.

Las ventanas de su casa están veladas por persianas, nunca he podido vislumbrar el interior. No sé si tras la puerta hay dulzura o espanto, una limpia escasez o un sórdido abigarramiento. ¿Qué canciones le gustan?, ¿qué recuerdos tiene?, ¿qué objetos queridos, inútiles, rotos guarda en sus cajones?, ¿qué le dicen los espejos?

A veces la he visto llorar mientras camina y su desconsuelo, escándalo de los escándalos, es algo capaz de encapotar los cielos y romper el corazón.

Ahora, en estos días claros de abril, se deja ver mucho por las calles en torno a Plaza Larga, saludando sonriente a los viandantes y me acuerdo de Falstaff jugando con flores como un niño en su último lecho. Todos, parroquianos, perros, gatos y pájaros sabemos que ella es la oración de la tarde y que mientas siga ahí, en ese incesante pasmo agradecido, todo irá bien.

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Giacomo Balla, «La Pazza»