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A diferencia de lo que me ocurre con otros amigos, los que llamamos amigos reales, todos los días os veo por aquí en esta fascinante extensión de nuestro sistema nervioso donde, por así decirlo, nos comunicamos a distancia de cerebro a cerebro sin la mediación del gesto. No negaré todo lo que de malo me han traído las redes sociales: desarrollo indeseable de la vanidad a través de la búsqueda enfermiza del like, ampliación desmedida de los límites de la misantropía y cientos, miles de horas perdidas. ¿Y qué me han dado a cambio? Me han dado a vosotros, que menudos elementos estáis hechos. En realidad no tengo ni idea de quiénes sois, cada uno de vuestro padre y de vuestra madre. De algunos, por no saber, ni siquiera sé qué aspecto tenéis, tal es vuestro secretismo.

Hay días que os adoro, hay días que me sacáis de quicio. Me desconciertan vuestras súbitas ternuras, me entusiasman vuestros destellos de genio, me deslumbra vuestra erudición, me divierto con vuestras payasadas, me deprimen vuestras intransigencias, estudio con curiosidad y tristeza el modo en que se desatan grandes broncas y rupturas. ¡Qué arrogantes podéis llegar a ser, qué insoportablemente pesados, qué de trampas para quedar por encima! ¡Qué cosas os creéis!, ¡qué buenas cosas despreciáis! Cómo os plantáis a porta gayola y exhibís sin pudor y sin miedo vuestro corazón sangrante o cómo escurrís el bulto y os escondéis bajo una máscara de tres al cuarto. Sé que algunos de vosotros sois buenos y otros unos hijos de puta, escucho resignado vuestras homilías como el adolescente díscolo que nunca fui y me lo paso en grande con vuestras gamberradas y vuestras deliciosas coqueterías. Algunos vivís en países lejanísimos, otros habitáis la misteriosa intemporalidad de la ciudad de provincias, veo tras las ventanas de vuestros cuartos plazas, montañas y mares, os veo en habitaciones de hotel, bajo soles duros o melena al viento, veo la tapicería de vuestros sofás, los lomos de vuestros libros, los alimentos en vuestra mesa, los ojos de los buenos animales con los que compartís la vida, los pájaros que se posan en los árboles de vuestros jardines, las flores que santifican vuestras guaridas, vuestros dibujos y vuestros poemas, fragmentos de esa infancia que todos fuimos, veo cómo os emborracháis, veo nacer y crecer a vuestros hijos.

Puñeteros, broncos, cascarrabias, deslenguados impenitentes, espíritus libres, virtuosos de la irreverencia, encizañadores, liantes, humanos de toda edad y condición, crápulas y padres amantísimos, provocadores y discretos observadores. Me habéis descubierto canciones y películas y libros, me habéis contado historias memorables, habéis hecho mi mundo un poco menos estrecho, me habéis mostrado que el talento, la belleza y el bien son frecuentes. Qué hostia tenéis a veces.

En ocasiones desaparecéis sin avisar o descubro que uno de vosotros ha muerto, me ha ocurrido también reconocer vuestro tono preciso, vuestro humor personal, en una frase escuchada a desconocidos en los bares. Tan cerca que parecéis estar, tan lejos que os tengo. No os he tocado, no he oído vuestra voz, nos separan kilómetros y vidas, ni siquiera creo que fuera una buena idea llegar a conoceros. Ya es milagroso que podamos fraccionar el tiempo para hacernos todos los días el regalo de estar ahí.

Y creedme si os digo que me dolerá abandonar este mundo porque aun si, con mucha suerte, más allá del muro del tiempo la muerte nos devolviera a un plano inimaginable de existencia, en ese éxtasis de ola incesante que sería la eternidad no podría conectarme cada mañana con un café en la mano y leer vuestras mamarrachadas. Y eso la desmerece mucho. A la eternidad.

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