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«Querido diario: en el día de hoy, san Eulogio, con inmensa pereza, sin esperanza ninguna, inicio el proceso de composición de un futuro nuevo disco, cuya escritura me llevará vete tú a saber cuántos meses de asco y aburrimiento». (RB)

Rafael Berrio acaba de publicar “Niño Futuro” y de nuevo hay que alegrarse y descubrirse. Que Rafael Berrio es un artista soberano es algo que sabe cualquiera que conozca sus discos, pero no es sino al escucharlo en vivo cuando uno descubre la magnitud de su talento.

La vida no siempre es buena y alguien de su estatura no puede permitirse el lujo de girar con un grupo. Así que las dos ocasiones en que he tenido la suerte de verlo ha sido en formatos espartanos, ante audiencias de no más de treinta personas. La primera vez luchó por su repertorio con una guitarra eléctrica sabiamente utilizada, la segunda ―sabe dios por qué azares del viajero― con una pequeña guitarra que le prestaron, un requinto. No dudo de que sería capaz de defenderlo con una zambomba y salir airoso. Con las trazas de un Houellebecq frágil, lennoniano, parapetado tras unas gafas de sol que hablan más de timidez que de desafío y un histrionismo de bajo perfil con pequeñas truculencias como beber vino a morro (tal que el guitarrista de Paganini del que Baudelaire nos habló), empieza el pase y se produce el encantamiento. Y ahí nos tienes a todos en un silencio admirativo, mientras se suceden las canciones que conocíamos en los arreglos entre la chanson y el pop barroco de “1971” y “Diarios” o con la electricidad seca, neta, de “Paradoja”; despojadas ahora de todo, sostenidas en el aire únicamente por un peculiar fraseo y un inusual sentido del matiz, en toda su solidez literaria y su sabiduría compositiva.

«Filosóficamente pensemos en la paradoja de nuestro bello oficio y en lo endemoniadamente difícil y trabajoso que es escribir una mala canción y su correspondencia: la rotunda simplicidad con que se lleva a cabo la canción inmejorable. Seamos estoicos».  (RB)

Rafael Berrio es un intempestivo. No recuerdo quién dijo que todos los grupos de rock que merecen la pena han sido influidos por la Velvet Underground, banda que notoriamente debe haber formado parte de su educación sentimental. Es una excelente credencial, pero son otros muchos sus intereses musicales y eso se nota. Hombre de vastas lecturas, en absoluto concernido por la devoción trivial a la actualidad, su curiosidad pasa de Larra a Horacio, de Schopenhauer a Baroja. Y eso también se nota. ¿Quieren hacerse una idea de a qué demonios se parece Rafael Berrio? Piensen en una imposible síntesis entre la chulería dolorosa de Lou Reed y el pathos estoico de Quevedo.

Ha escrito algunas de las más desarmantes canciones de amor que pueda recordar (“Como iba yo a saber”, “El mundo pende un hilo” o “Tu nombre”), pero sus letras están muy alejadas de la mitología adolescente del rock. Nos hablan de los pequeños objetos que nos sobrevivirán, de «el vino que acostumbramos, la pausa en el suplicio… el vino que invoca la musa y el que trae la mala idea», de lo irreversible, de «que no hay una vida en serio y otra vida de licencia», de la diversidad inmensa de la experiencia ―«todo lo he visto, de todo me acuerdo» ―, nos hablan de la santidad del toxicómano, de la desesperación del tiempo transcurrido, del ennui y sus abismos. Puede ser irónico, con el cinismo de aquel que no conoce ilusión que no haya sido derrotada ― “Y en fin, niño futuro, niño en agraz, usted que lo vea” o “Y reíamos y reíamos, porque la risa se contagia. Pero el truco era un resorte, ahora lo sé y se acabó la magia» ― o ya ferozmente:

«Así pues cállense todos los poetas lelos,
y todos los panegiristas de las pequeñas cosas,
porque esta perra insatisfacción del alma no se aplaca
como ellos pretenden con cuatro bicocas.
Ah… las pequeñas cosas.
Oh… su encanto inefable».

Y, sin embargo, su voz no es ajena a la compasión, la gratitud o la piedad y sus labios se atreven a abrir su última obra con una plegaria.

«El signo variable de las intemperies.
El vagar errante y solitario.
El alma elevada en los alcoholes fuertes.
La fiereza en los ojos deslumbrados.
El pasar con nada, el mendrugo de pan.
La indolencia a orillas del río.
Dadme al clarear lo que es mío:
La hermosa vida que amo».
 

Lujo de nuestra música, poeta cabal. Sabedlo, somos contemporáneos de un maestro secreto y su nombre es Rafael Berrio.

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Fotografía: Mario Zamora