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Lo he pensado mucho antes de escribir esto. ¿Merece la pena?, ¿merece la pena exponerme al sarcasmo de trazo grueso, a sobreactuadas explosiones de indignación moral, al bloqueo de personas a las que aprecio, a que me coloquen la letra escarlata de simpatizante de causas horrendas, a una nada improbable excomunión laboral, a esa otra forma sofisticada de sarcasmo consistente en decir que uno mismo también sobreactúa y exagera, que no es para tanto?

Sí es para tanto, estas líneas van en contra de un pensamiento abrumadoramente hegemónico. Uno lleva meses observando con una mezcla de fascinación y angustia cómo el sistema, los políticos, los media, los mercaderes del zeitgeist ―con las debidas excepciones, no voy a negarlo― se suman sin fisuras a una tendencia demandada por su público y pugnan por exhibir sus credenciales de adhesión a un discurso que no tolera disidencia alguna y ha generado sus propios anticuerpos, de manera que el cuestionamiento de cualquiera de sus postulados te sitúa fuera de lo socialmente aceptable y te lanza a los eriales ideológicos donde habita el hirsuto ultraderechista.

Al fin y al cabo a los que coincidan conmigo no les voy a aportar nada que no sea el calorcillo de no sentirse tan solos y no soy tan arrogante como para pensar que pueda hacer cambiar de ideas a nadie, porque las convicciones suelen ser de naturaleza puramente emocional, con frecuencia inasequibles a la lógica y al dato.

Sin embargo, me siento tan ridículo practicando ese «hijo, tú no te signifiques» en pleno año 2019 que, con esa falta de sentido de la oportunidad gracias a la que nunca llegaré a nada, voy a soltarme el pelo. Tampoco es que me considere Galileo, no me malinterpretéis.

He leído atentamente las 30 páginas del Argumentario de la Huelga del 8M del 2019. Ignoro hasta qué punto es el manifiesto oficial de las movilizaciones, pero a algo elaborado por la Comisión 8 de marzo del movimiento feminista de Madrid y publicado en la web de la Federación Estatal de Organizaciones Feministas tengo que suponerle un papel relevante en la articulación de esa jornada.

No voy a argumentar contra cada una de las afirmaciones discutibles que acribillan el texto, independientemente de las verdades que contenga. Vibrante, entusiasta, abundante en mantras y en términos de esa neolengua característica del movimiento (el uso de jergas específicas siempre nos debe poner en guardia, exhala el inequívoco perfume del fanatismo), en sus peores momentos parece un delirio y una parodia en la línea de aquel sketch sobre el Frente Popular de Judea de los Monty Python. Escrito como una inacabable carta a los reyes magos, un catálogo minucioso, indiscriminado y victimista de afrentas, mezcla alegremente churras con merinas y aúna infantilismo y paranoia a partes iguales. A las amigas que se sumarán a la huelga del 8 de Marzo les preguntaría, ¿os sentís representadas por este documento?, ¿os parece que ofrece una interpretación plausible, adulta, de la realidad, un diagnóstico y unas vías razonables de solución a los problemas?, ¿os empodera de verdad?, ¿no os sitúa por el contrario en una eterna, querulante, irresponsable minoría de edad que reclama una solución mágica a las asperezas del oficio de vivir?

Porque el texto no solo adolece de un discurso inconsistente, no es solo cuestionable, irracional y en ocasiones contradictorio. Creo que es fundamentalmente ridículo. Por respeto a las sufragistas, por respeto a Virginia Woolf y a Rosa Parks, por respeto a la más decisiva causa emancipadora del siglo XX y a las que a ella aportaron lo mejor de su pasión y su inteligencia, por respeto a las mujeres que han sido y siguen siendo víctimas de la violencia, la injusticia y el abuso, las feministas no pueden permitir que una minoría febril e hiperactiva tire de la causa, la represente y la malbarate. Otro feminismo es posible. No creo que a estas alturas de la historia se pueda no ser feminista. Pero esto es otra cosa muy distinta y creo que plantarse en contra empieza a ser una exigencia ética e intelectual.

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