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En una frutería del barrio granadino del Realejo, donde residí años antes de su gentrificación, una pareja entrada en años, bondadosa pero melancólica ―en contra del usual desparpajo y humor del gremio― atendía a los clientes bajo un cartel que amarilleaba sobre la alcachofa, el pimiento, la berenjena. En él un Jesús niño, pálido, relamido, con los estigmas del futuro martirio en sus manitas, miraba al vacío con ojos vidriosos y una tipografía redondeada, dulzona, decía: «quien quiera venir en pos de mí, niéguese antes a sí mismo».

Qué pocas simpatías inspira el “yo”, ese gran sospechoso. El hinduismo y el budismo lo desprecian por ilusorio y todo camino de perfección pasa por desprenderse de él. Para la izquierda más noble es un concepto tóxico que conviene mantener a raya en beneficio de lo común; en sus propuestas más radicales merece incluso la pena el sacrificio de los individuos presentes en aras de la felicidad del hombre nuevo. La neurobiología nos revela que el libre albedrío es una ficción propia de la infancia del pensamiento. En los momentos de más alta alegría: la embriaguez, el éxtasis, el arrobamiento estético, la entrega amorosa, el yo desaparece. Mecanismo fallido, fuente de nuestras desdichas, madre de toda injusticia y de todo error, conciencia dolorosa del tiempo que nos aleja de la felicidad elemental de los animales.

Hace unos días una amiga colgó en las redes ―no siempre van a ser meros amplificadores del narcisismo y la estupidez― unas magníficas imágenes microscópicas de protozoos. Pasado el inicial encanto ante una enorme variedad de figuras que evocaban los mundos de Klee o de Miró, uno acababa sintiendo desasosiego ante esa innumerable vida primordial en constante, agónica, agitación. Formas que no paran de mutar, acecharse, destruirse, absorbidas las unas por las otras. Terror y cansancio. Imagen especular de las grandes violencias del cosmos donde sobre un estruendoso telón de radiaciones letales las galaxias colisionan, las estrellas implosionan, los planetas son devorados por agujeros negros sin respiro alguno. Puro caos ciego, incesante, el atroz universo de Heráclito, que tan simpático nos cae.

Vi entonces la aparición del yo, esa cristalización de lo inarticulado, como una forma siquiera momentánea de reposo. Lo real logra abrir una ventana en su interior para observarse a sí mismo. Una tregua de la que surge un orden, un sentido, Bach y los números. Vi como una revelación que mi yo barbudo y contingente, que ocupa más espacio en el mundo del que en rigor hubiera querido, con sus torpezas, sus ridiculeces y sus cóleras, es un breve paréntesis en un continuo caótico, un experimento, una improbable continuidad que ha durado desde que era un nene rubito al que su mamá adoraba y se emocionaba viendo Bambi hasta el día en que desaparezca. Una pequeña hazaña, una preciosa singularidad, como tú que me lees. El prodigio es frecuente, esa afortunada condensación de partículas subatómicas, ondas y campos de fuerza, esa forma y ese límite, capaz de conocimiento y recuerdo, no para de suceder. Millones de yoes diferentes, únicos, ¡cuánta belleza en ellos, cuánto bien! No hay amanecer, no hay río, no hay cielo estrellado comparable a la voz de nuestros amigos, a la gentileza del gesto de aquella persona a la que amamos, más valiosa que todas las lunas. Y es tan triste que mi yo regrese tarde o temprano a lo indiferenciado, tener que dejar de amar esos milagros imperfectos, frágiles, perecederos, cuya gracia ilumina el mundo.

ego