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Vivo en un barrio con muchos estratos de historia acumulados. El pasado tiene funciones apaciguadoras, estupefacientes y conviene no dejarse seducir demasiado por sus encantos. De lo contrario uno deja de percibir cuanto crece a su alrededor, aquí y ahora, entregado al calorcillo de la melancolía y sin salir de Fritz Lang, las ardientes exploraciones del rock de la era clásica o la abrumadora autoridad de los viejos hombres de letras. Pero esa admisión de que se trata de un feo vicio no me impide entregarme a los placeres de lo intempestivo.

En las calles donde me muevo abundan los campanarios, puro anacronismo despojado de función y de sentido, recuerdos de un dios ausente, ahora cubiertos de polvo y excrementos de pájaro. La gran voz de las campanas se situaba a medio camino entre la tierra y la bóveda celeste, en las alturas desde donde la mirada humana podía otear por igual las estrellas y la aparición del peligro. Su sonido, resonante, expansivo, hecho de anómalas acumulaciones de armónicos, combina los bajos profundos con acentos estratosféricos.

Su tañido era un encantamiento y un orden. En otros siglos los habitantes de las ciudades daban nombres a sus campanas. Los artesanos fundidores conocían también los secretos de la fabricación de cañones, que compartían similar aleación de metales; no era rara su refundición, de modo que la alternancia de periodos de guerra y de paz iba marcada por el ciclo de las metamorfosis de los instrumentos de muerte en ingenios de luminosa sonoridad ultraterrena.

Sus vuelos y balanceos, con efusión de palomas, pautaban el transcurrir de las horas, declaraban alarmas, grandes júbilos y celebraciones, la caída de los tiranos, bodas, incendios y nacimientos, doblaban a muerto y a galerna. Una lengua que hemos olvidado, un código que seríamos incapaces de entender. Hoy, para algunos, su mismo repicar es una molestia.

Yo no quiero que llegue a apagarse del todo el don de su música extraña que ya no es de este mundo, que a veces nos asalta como un recuerdo de mañanas y atardeceres no heridos por el tiempo, la voz de los que nos precedieron, de aquellos hombres a los que apenas nos unen unas pocas cosas: el pan que se hace de noche y partimos con las manos, las monedas, el fuego y el vino, el asombro ante la nieve, el miedo a la oscuridad de esas pobres criaturas que somos.

Alexander Kosnichev

Alexander Kosnichev