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Anoche soñé que volvía a Casa Marcos. Durante años los autobuses de línea que comunicaban Granada con Madrid hacían una pausa de media hora en un establecimiento a las afueras de Almuradiel, pequeña localidad de Ciudad Real. Situado apenas a unos kilómetros del truculento paisaje transilvano de Despeñaperros, límite entre Andalucía y Castilla, la llegada a la explanada que hacía las veces de parking, anunciada por la brusca megafonía del vehículo, era como doblar el Cabo de Hornos del viaje.

No conduzco, así que durante toda una vida me he trasladado a Madrid en autobús. Viajaba a Madrid cuando era muy joven, ávido de explorar sus vastas extensiones capitalinas y sus laberintos, deslumbrado por aquella mezcla de miseria valleinclanesca y esplendor ministerial. Los años del descubrimiento de sus mitologías nocturnas, un festín de museos,  conciertos y películas en versión original a la medida de un insaciable apetito. Luego llegó el tiempo en que Madrid fue para mí un lugar de trabajo y hasta un hogar. En sus calles me enamoré, me emborraché, gané mucho dinero y alimenté vanos sueños de éxito y reconocimiento. Daba igual, el tránsito de los confortables placeres provincianos al fervor de la metrópoli incluía invariablemente—como una descompresión—  una pausa obligatoria en ese no lugar.

Las calles de Almuradiel, incluso de día, aparecían siempre despojadas de toda presencia humana, como en un De Chirico, pero son las paradas nocturnas las que quiero recordar aquí. A esas horas el lugar adquiría una ominosa densidad metafísica. Los viajeros, en un torpor en el que todavía se desprendían de un sueño incómodo, salían por las puertas del autobús, el paso vacilante, con un fatalismo y un estupor inerme de víctimas. Opositores, emigrantes, novios, gente que iba a Madrid a correrse una juerga, a ver a su amante o a hacer sus modestos negocios, arrancados de la trama de afectos y costumbres que conformaban sus días, fumaban cigarrillos sin placer en la oscuridad del exterior, observando con aprensión la silueta de un asilo cercano, donde a esas horas dormían ancianos demenciados con la memoria devastada, en un deplorable último acto. Otros entraban en la cafetería: allí, igualados todos por la luz estéril consumían insípidas colaciones o evacuaban fluidos en unos aseos que olían a orina y a fresa sintética.

He sido testigo generación tras generación de cómo actores, escritores, directores de cine, compañeros míos, venidos de todos los rincones de España a comerse el mundo, han acabado consiguiéndolo, conquistando  esa ciudad que alguna vez fue para ellos una seductora desconocida. No puedo evitar pensar que es como si yo me hubiera quedado para siempre varado en Casa Marcos, en ese lugar sin historia, puro presente, viendo envejecer a sus inexpresivos camareros.

Hace años que los autobuses ya no paran allí y no es improbable que haya cerrado, alguna vez he pensado en la presente existencia fantasmal de ese lugar que nunca volveré a ver. Pero anoche regresé en sueños. Todo seguía igual. Reconocí las caras semiborradas de los camareros que me daban la bienvenida y sentí piedad por ellos. Entendía su cansancio. Sentado en una mesa, sin remordimientos y sin esperanzas, tomé una bebida humeante. En una pantalla de televisión en la esquina se sucedían escenas inarticuladas, rostros y lugares que alguna vez conocí y que había olvidado. Ya no significaban nada. Luego salí fuera, era de noche y las estrellas giraban lentamente sobre todos nosotros. Y hacía frío.

Almuradiel