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No tiene mucho sentido protestar contra el odio, probablemente una emoción necesaria, garantía de supervivencia individual y colectiva. Siempre ha estado con nosotros. A lo largo de los tiempos van variando las figuras que lo concitan. Anticuerpos, atractores de la furia en la vasta homeostasis de los afectos.

El extranjero, desdichados de aspecto monstruoso, brujas, traidores, infieles, tiranos, espías, recaudadores, crueles jefes de policía, razas enteras, religiosos, políticos venales, asesinos de niños, depredadores sexuales, altos ejecutivos, hombres violentos con las mujeres. Se celebran los encarcelamientos, se exigen castigos ejemplares, se aplaude en las ejecuciones. En las redes sociales, madres, médicos, poetas y deportistas piden cabezas e insultan con denuedo.

No ignoro que tras las matanzas de los últimos siglos siempre ha habido documentos redactados en una sedante, impersonal prosa burocrática. Pero eso es siempre la fase final de procesos que se manifiestan con mucha antelación, como una electricidad que vibra en el aire. Al derramamiento de sangre le precede una retórica. Paul Éluard podía decir alegremente en los años veinte «exterminaremos a los amos junto con sus servidores», el viejo anarquismo soñaba con construir un nuevo reino de fraternidad sobre las cenizas de una civilización corrompida, la parte más negra del subconsciente europeo fantaseaba con un Nuevo Orden. La segunda guerra mundial puede anticiparse en las paredes de los museos.

Esa energía magmática, que llegado el momento revienta los quicios de la historia es ahora trazable en el ciberespacio. Desde la gran crisis que inaugura el siglo el odio se ha intensificado y la web ha sido un caldo de cultivo excelente. El odio tiene un lenguaje característico, el odio sobreactúa. Abundante en mayúsculas y consignas en sus variedades más viscerales, formas más elaboradas mezclan con desparpajo medias verdades, paralelismos mendaces y truculentas ampliaciones de significado, en una apelación constante a las emociones. Se le da pelo al amplificador. Los adjetivos se utilizan con alegría dejando poco espacio a la imaginación del lector. Se busca a toda costa la intensidad, no hay comparación suficientemente forzada, no hay calificativo suficientemente feroz. Nada de ambigüedades, se escribe para exaltar a los ya convencidos.

La arena política y la lucha de facciones son un reflejo especular de este ambiente. Moral cortoplacista, agresividad de vendedor de enciclopedias, que ni busca ni permite la mejora o el bien común. Las elecciones como ritual periódico únicamente sirven para darle al odio una cadencia estacional. La campaña electoral ya no termina nunca. Apenas el poder cambia de manos se escudriña el pasado de los nuevos líderes rivales en busca de faltas de ejemplaridad, se examinan con lupa currículos, se bucea en los rastros digitales con la esperanza de encontrar un comentario ofensivo contra alguna identidad. El acoso no afloja jamás, a los dirigentes se les reprochará simultáneamente estupidez y maquiavelismo, se airearán corruptelas y tratos de favor, ante las catástrofes se les acusará de imprevisión. Se magnifica la caricatura de sus vicios y sus tics. El humor grueso es una forma de deshumanizar.

Así hasta que el tiempo y el cansancio, la enorme distancia entre lo prometido y lo logrado, hacen su labor y al final, cansados de ellos, hasta sus votantes les lanzan piedras. Las grandes figuras del poder pasan por los tribunales. El fin de una era, dicen los periodistas.

Desconfío un poco cuando veo que alguien no tiene ideas, sino que tiene una causa. Sé que no es justo, que le debemos todo a gente que tuvo una causa, un coraje y una fuerza, que los desafectos somos algo así como los músicos tocando durante el hundimiento del barco. Pero a veces, en las redes uno interactúa con desconocidos que van por libre, en espacios donde no hay dedos acusadores y sí una ironía sin crueldad, sin el bronco, hirsuto bordoneo del inflexible. Y uno ve ahí un hogar y una esperanza.

He visto últimamente reproches contra los que cometemos el pecado de tibieza. Se nos acusa de equidistantes, indiferentes, faltos de compromiso, fatalmente conservadores. Nuestro silencio se interpreta como dejación y cobardía. No hacemos nada para salvar el mundo, no nos comprometemos.

Creo que hay una mezcla de optimismo y desengaño que puede ser un compromiso. No tenemos la valentía de limpiar úlceras en los trópicos o lanzarnos al mar en una noche de tormenta para rescatar a otros seres humanos, pero aquí, en este espacio de libertad ilimitada también somos necesarios. No colaboramos con el bien, pero somos pequeños diques contra el mal, siempre convencido de actuar por una causa noble. Contra lo que detestamos, contra lo estúpido y lo injusto, sarcasmo, mofa y befa. Sin dudarlo. Pero libres del légamo del rencor, sabiendo que, privilegiados del mundo como somos, no nos hemos ganado el derecho a odiar.

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George Underwood