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Los niños son de suyo animistas. Le dibujan una cara al sol, a la luna o a una flor, las ventanas son ojos. En su mundo recién creado las cosas apenas han empezado a tener un nombre y ellos, aún no escindidos de lo real, hablan con ellas de igual a igual.

En algún momento nuestra especie dio un paso más allá y trascendió la dialéctica del depredador y la víctima que definía nuestra relación con los animales para pasar a un sojuzgamiento que fue también una alianza. El libro del Génesis registra con perspicacia ese salto hacia un yugo y un apego nuevos: «Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra».

El hombre habla con los animales. Pronto las voces del sometimiento y la doma se saturarían de afectos. El jinete susurra al oído de su cabalgadura para calmarla, el cazador felicita a su buen perro, el pastor conoce por sus nombres a los animales del rebaño. Les ponemos un nombre propio que los singulariza. Aún recordamos que se llamaba Argos y que fue fiel a Odiseo hasta el final.

En el mito y la fábula los animales entienden nuestra lengua. Aliados o enemigos, profetizan, aconsejan, nos previenen, nos engañan y confunden. En un mundo desencantado seguimos hablando con ellos. Todavía deseamos recuperar esa antigua alianza. Es también un delicado, fraterno reconocimiento a nuestra animalidad compartida. Todos lo hacemos. Hitler dirigiría palabras tiernas a Blondi, su pastor alemán.

Tengo ahora mismo uno de mis gatos sentado junto al teclado, lamiéndose una pata con esa indiferencia nobiliaria que se gastan. A veces maúlla y sé que quiere algo, otras veces lo oigo mumurar mientras deambula en la oscuridad y prefiero no entenderlo. A él le da igual entenderme, está acostumbrado a mi voz que le grita al ordenador y que se dirige a él con un tono ciertamente ridículo para decirle «¿quién es el gato más bonito de esta casa?» o con la sonoridad cuartelera de un «Rilke, ¿por qué no te arañas los cojones?».

Y está bien así. No necesitamos más. El niño que aún hay en nosotros desearía que nuestras queridas bestezuelas hablaran, sin saber ―con ese egoísmo abismal de los niños― que al hablar ingresarían en el tiempo, que con las palabras les ofreceríamos la conciencia del mal y de la muerte.

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