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La vida, el salto infrecuente de lo inerte a lo animado, dio comienzo en el mar. Los viejos mitos recogieron esa idea con asombrosa intuición. Afrodita nace de las mismas olas donde los violentos héroes homéricos se lavaban el sudor y la sangre tras sus pillajes nocturnos; Anacreonte, en un luminoso fragmento rescatado de los naufragios del tiempo, se zambulle en las aguas desde una blanca roca, borracho de amor.

Con la desaparición del mundo pagano la playa se transforma en el lugar del espanto. Frontera última que se abre a un reino vasto de galernas, en cuyas profundidades conviven los monstruos y los huesos innumerables de los ahogados. «Full fathom five thy father lies/Of his bones are coral made/ Those are pearls that were his eyes». Muerte y miasmas. Es por ellas por donde entraba el enemigo y sus devastaciones, también las enfermedades que diezmaban continentes.

El siglo XIX y sus entusiasmos higienistas redescubren la playa como lugar saludable, también como el lugar del placer. El siglo XX la encumbra definitivamente como decorado del ocio vacacional. Lartigue, Picasso y los Beach Boys construyen una leyenda bronceada de ligereza, juventud y pura alegría que acabará degradada en anuncios de refrescos, diseños de pinball o las candorosas canciones del verano.

Los niños aman el mar. La cadencia de las olas, ese sobrio prodigio que nunca se ha detenido, es el rumor de los más antiguos recuerdos, también más adelante de los misterios del deseo. Forma de sociabilidad adulta, seguimos hallando placer en esa frescura que nos acoge, pudiendo matarnos, en la sensación de ingravidez y riesgo, inmersos en algo, como el tiempo, mucho más grande que nosotros. Desnudez y juego, libre de las ataduras y servidumbres de los días. Vemos envejecer nuestros cuerpos y los de los amigos, pero sigue estando la risa y la emoción primera.

Escribo esto en penumbra con las cortinas echadas, mis gatos abdicando provisionalmente de su dignidad principesca, desparramados por los rincones en sombra en busca de algún alivio mientras fuera un sol de catástrofe ajusticia las horas. Hay días malos, días en que a uno le cuesta mirar hacia atrás con orgullo o hacia delante con esperanza, en esos días uno convoca aquellas imágenes, muy imprecisas, muy simples, pero que aún asisten como la posibilidad de una alegría que nada nos puede arrebatar. Hemos conocido aquella luz, aquella espuma, aquel abandono, jugando bajo la inmensa bondad azul del mundo.

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