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En el mismo nombre con que se le conoce resuenan los ecos de un tiempo enternecedor y algo ridículo, en que en el imaginario de las clases medias resplandecían los prestigios de Francia. No es que leyeran a Roland Barthes o apreciaran la virtud civil republicana, no, me refiero a una candorosa, conmovedora devoción popular, en que francés era epíteto de perfume, en que las cafeterías de provincias donde iban a merendar las señoras se llamaban Flamboyant o Versalles, se decía “muy parisién” y ambigú, donde la lengua de Racine, de Baudelaire, el idiolecto de Foucault era idioma de camareros finos, cortesanas, pasteleros, sastres y bon vivants, de galanes nerviosos y engominados, la voz de un lugar vagamente legendario y algo cursi donde el español sensual imaginaba que se follaba a lo grande, con un qué se yo inefable, poco serio, que repugnaba a sensibilidades más castellanas. ¡Gredos!, clamaba Unamuno en su exilio de París.

Pasó aquella hegemonía, como pasó el gotelé, caído en el desuso, por completo desacreditado. Mis primeros recuerdos están dominados por los papeles pintados, pero para mí la Transición es el gotelé. Mis años de formación, mi adolescencia, han estado presididos por esa técnica de interiorismo.

He observado mucho el gotelé. Durante años una pared despejada junto a mi cama ofrecía a mi vista una extensión suficiente. Lo he mirado en momentos de indolencia, en momentos de enfermedad, en momentos de embriaguez. He llorado ante el gotelé los grandes desgarros del amor. Lo he estudiado hasta el aturdimiento en los tedios de las salas de espera. Sé de lo que estoy hablando.

El gotelé es una sutilísima action painting generada por medios mecánicos de una neutralidad absoluta, es puro azar cristalizado en delicadas graduaciones de relieve. Nunca te encontrarás dos veces el mismo gotelé. Su textura evoca las imágenes del microscopio electrónico, mundos de infravida coaugulada. Algún desgraciado podría en su delirio percibirlo como un texto cargado de angustia, que nunca podrá descifrar.

También representación de procesos aleatorios, del caos que da comienzo a todo. Había un momento muy especial si uno se desvelaba de noche. Conforme tus pupilas se dilataban en la semioscuridad, aquellas partículas en suspensión que formaban el gotelé empezaban a temblar, rozadas apenas por una débil claridad lunar.  Recuerdo la inminencia de una agitación, como si la pared fuera a abrirse y uno pudiera entrar. Qué loca idea. Como cantaba Isolda, «perderse, sumergirse, sin conciencia… supremo deleite», fundirse con lentitud en un gotelé centelleante, cegador, donde estarían nuestros padres y nuestros amigos muertos, las palabras pronunciadas, horas y planetas, todo reducido a una vibración inimaginable de jubiloso desorden. Todo de nuevo por comenzar.

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