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«HURRY UP PLEASE ITS TIME
HURRY UP PLEASE ITS TIME»
T.S. Eliot

 

Entre mis recuerdos más antiguos se cuentan algunas imágenes fugazmente vistas en una pantalla de televisión en blanco y negro y que me espantaron: una figura vestida de blanco avanzando desde el extremo de un pasillo a oscuras, un hombre joven con las cuencas de los ojos vacías y ensangrentadas, un desventurado corriendo en llamas por una selva del Vietnam. También alguna música siniestra que te afectaba de un modo insoportable. No es de extrañar que en las pesadillas la pantalla de televisión fuera una abertura a través de la que podía brotar un horror indecible.

Cuando yo era pequeño la televisión se interrumpía dos veces al día. Un par de horas por la tarde los días laborables, como una siesta tecnológica, y ya al final de la noche hasta el mediodía del día siguiente. Había algo siniestro en estos últimos instantes de emisión nocturna a los que el aflojamiento de las rutinas en el verano te permitía acceder. Una locutora de continuidad con un rostro anormalmente pálido, ceniciento, confinada en un espacio angosto, antinatural, un no lugar, con un fondo musical de una melancolía inaudita, anunciaba el fin de la programación. La idea de un fin es perturbadora para el niño. Después el himno nacional sobre el rostro carcomido de un anciano cubierto de medallas, con cientos de miles de muertos a sus espaldas, y unas banderas moviéndose con lentitud sobre un cielo sin vida. Y entonces hacía su aparición el ruido blanco. Un enjambre de frecuencias estocástico, indiferenciado, similar a la radiación de fondo de esos inimaginables instantes que siguieron al violento origen del universo y que la incluye. Uno no lo sabía entonces, claro, pero intuía que tras el fin empezaba un caos, una nada.  Se abría el imperio de la noche y sus terrores. Un sonido de celesta desgranaba una escala espaciosa de siete notas aisladas y su inversión. La escala se repetía tres veces y a continuación una voz grave de mujer, distinta a todas, de una frialdad intimidante, inhumana, te conminaba: 

La programación ha terminado, rogamos apaguen sus receptores.

Aquello sonaba a advertencia. Era como si te avisaran de que, caído un velo protector, el espanto de una realidad paralela, algo malvado, enloquecedor, ajeno a todo aquello que te resultaba familiar y seguro, algo carente de lógica o piedad podía aparecer en cualquier momento en la pantalla o entrar en el salón de tu casa. Y corrías a apagar la televisión antes de que fuera demasiado tarde.

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