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Supe que dejaba de ser joven cuando me desinteresé por completo del Día de la Cruz, jolgorio floral, alcohólico y caballista que cada 3 de mayo tiene lugar en la ciudad donde vivo.

Durante la primera adolescencia era otra cosa. Aquel era un día exaltante, podías volver muy tarde a casa, te iniciabas en las alegrías de la embriaguez (sin sombra de ese sentimiento de congoja de la resaca adulta), te zambullías en la multitud que desbordaba las calles del casco viejo de la ciudad, te perdías y meabas en sus laberintos y acababas con grupos de desconocidos en esa humanísima fraternidad entre extraños que la noche y las catástrofes procuran.

Un Día de la Cruz un grupo de amigos fondeamos en unas viejas, grandes bodegas. Tan viejas eran que un azulejo en la pared recordaba el paso por ellas, de Don Teófilo Gautier, ampuloso y definitivamente simpático yeyé decimonónico. No sé cómo llegamos a eso, pero a grito pelado mis amigos me levantaron en volandas y me pasearon un poco. Si lo recuerdo ahora tras años de olvido es porque sin yo saberlo mis padres, abstemios y educaditos, a los que todo desmelenamiento inspiraba horror, estaban en aquel momento en el local con unos amigos castizos. Reconocieron a su hijo en el chaval muerto de risa que unos gamberros revoleaban sobre sus cabezas, entre el olor a tabaco y a vinazo. A la mañana siguiente no hubo reproches, hubo una insensata felicidad. Deberían haberse entristecido y sin embargo sus ojos brillaban. Les había dado un alegrón.

¿Qué es lo que vieron?, ¿recuperaron un destello de aquel abandono, aquella gracia que tuvieron que perder para sacarnos adelante? O no, quizás me vieron como nunca me habían visto, ajeno a su mirada, librado a mí mismo, alguien que conocían y que era otro. De repente no veían un niño, creían ver un futuro.

Ya no están, frecuentan mis sueños. Tampoco las Bodegas Muñoz, ni un par de amigos que me acompañaban aquella noche. ¿Y yo?, ¿podría decir sin sentimentalismo que tengo algo que ver con ese niñato ebrio y virgen, que ríe e intenta mantener el equilibrio, sostenido por sus camaradas? Cómo te conozco, locuelo, majadero, qué harto estoy de tus dramas. Imagino que te encantará saber que aún bebo con los amigos y que a veces sigo sintiéndome arrastrado y de nuevo me dejo llevar entre el vértigo, la incredulidad, la carcajada.

El_pelele

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