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Es frecuente la presencia de batucadas en las manifestaciones. Suponen una versión civil, aceptable, de los viejos tambores de antaño. Si en los fastos religiosos evocaban el señorío de la muerte, el estremecimiento de lo numinoso, el batir del tambor militar aterrorizaba al enemigo y caldeaba los ánimos para lanzarse a morir en el campo de batalla. El paso de marcha y el sonido del cañón estaban siempre presentes. La idea implacable de un poder que avanza.

Despojados de retórica marcial, los tambores de la batucada van asociados a ideas de goce y abandono. Un eros libre e inocente adecuado a la sensibilidad del ciudadano del siglo XXI, que retrocedería espantado ante la imaginería violenta que resuena en las cajas de sus adustos parientes. La batucada por el contrario sugiere una participación orgiástica en lo común, una explosión controlada de lo visceral. Vitalista y afirmativa, el derramamiento de sangre, la negatividad de la muerte se transforman aquí en la fantasía dionisiaca del gran follar.

Pero a poco que se medite, no cuesta percibir que apelan con la misma eficacia que sus versiones castrenses o clericales a la dimensión irracional de nuestro ser. Los tambores son el sonido del entusiasmo, del arrebato, de la posesión por un dios. Lo individual se diluye. Sobrecogen, exaltan, barren argumentos y objeciones inoportunas, cohesionan el grupo y afirman las convicciones. Contra los tambores no se razona.

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