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Dominando la ciudad entera, entre olivos que brotan de una tierra densa, rojiza, se levanta el cementerio de mi ciudad, donde se amontonan los huesos de nuestros muertos desde hace doscientos años y en tiempos de guerra se fusila a los vivos en sus tapias.

Es ya un lugar común de esas conversaciones triviales de los velatorios que, a partir de cierta edad, uno empieza a frecuentarlo con demasiada asiduidad. Primero vamos enterrando a nuestros padres -la orfandad es la señal definitiva de la madurez- luego viene el lento goteo de aquellos que nos han acompañado por el camino. Los supervivientes nos vamos encontrando con regularidad en estos instantes ceremoniales, hechos de compasión y temor, testigos del paso del tiempo sobre nuestros cuerpos. Entre las cortesías, los abrazos, los reencuentros y las bromas para distender el ambiente no hay uno solo de nosotros que no piense en ese momento inimaginable de la propia despedida. Dado su emplazamiento los móviles tienen escasa cobertura y, en su búsqueda de una señal, las baterías suelen agotarse con rapidez, extraña metáfora de nuestra fugacidad.

Recuerdo mi primer entierro, en un pueblo. Una mujer a la que queríamos mucho había perdido a su marido, ausente durante años de emigración. No habría pasado un mes de su regreso cuando se mató cayendo de un andamio junto a otros dos hombres. Una tragedia, decían los adultos. Nunca he olvidado como me aterrorizaron los llantos desgarrados de la viuda, los llantos de un tiempo en que no se sentía el pudor de la propia desgracia. Tampoco olvidé la expresión de desconcierto de su hijo, compañero mío de juegos y correrías, en silencio en una esquina, incapaz de entender por qué había pasado algo así, también asustado, señalado por el infortunio, sin saber cuál debía ser su actitud.

Hay como una melancólica resignación en los entierros de aquellos cuya vida ha sido cumplida, nada que ver con la desolación ante la partida prematura de los que no volverán a estar con nosotros, respirando el aire de esta tierra. No hay sol más radiante ni cielo más azul que el que en primavera baña los cementerios y la floración de los almendros se muestra especialmente cruel. Hemos ido despojándonos de ritos y este de acompañar a los muertos a su última morada es de los pocos que nos quedan. El lugar en que se llora en público, acompañados de nuestros semejantes, hermanados provisionalmente en la conciencia de nuestra fragilidad, pobres, desventurados humanos sedientos de alegría y nacidos para la muerte.

Esta semana asistí a un funeral especialmente doloroso e injusto. A la salida bebimos vino buscando el coraje que nos faltaba y el olvido que necesitábamos, aferrándonos a nuestras pequeñas vidas, quizás insatisfactorias, pero lo único que tenemos. Al llegar a casa escuché un pasaje del “Deutsches Requiem” de Brahms. En el quinto movimiento, “Ihr habt nun Traurigkeit”, se pone música a unas palabras del evangelio de San Juan.

Ahora estáis afligidos;
Pero yo os volveré a ver,
vuestro corazón se regocijará
y nada podrá privaros
de vuestro gozo.

El anhelo imposible de que nada se pierda. Se me objetará que esa esperanza es algo que pertenece a la infancia de nuestra especie, pero cómo me confortó ese músico barbudo y forestal, putero y sentimental.

Me hubiera gustado tener la convicción, la entereza para poder compartir con el amigo doliente el consuelo de esas antiguas palabras, intentar creer por encima de toda lógica, de toda evidencia, que el amor que dimos y recibimos no fue en vano. ¿Qué nos queda entonces? Acaso la gratitud por lo vivido, por tantas y tan buenas cosas como ellos nos regalaron, por la luz de todos esos días. Resistir el asalto de la oscuridad y la tristeza, mantenernos enteros, retener como un sol dentro de nosotros aquello que nada, ni siquiera la muerte, esa vieja perra, puede arrebatarnos.

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