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 Me gustan los cuadros con ventanas, siempre acecha en ellos un principio de vértigo, una insinuación de abismo. Trampantojos metafísicos, acotan un espacio ofrecido. Tras ellas arboledas fabulosas, caminos de leyenda, ciudadelas, jinetes, caminantes y salteadores, jardines, patios, bahías, huertos con naranjos, mercados y mástiles, también la presencia abrumadora de cuanto no se nos muestra.

Ellas forman parte de los primerísimos recuerdos, frontera con un mundo que era entonces ilimitado. Las variaciones de la luz al atravesarlas marcaban el paso de las horas y, al abrirse, los sonidos de la calle asaltaban la casa: pájaros, pasos, un instrumento monótono tras un balcón, los violentos estruendos del trabajo, un hombre que silba tonadillas, la voz humana, riendo, gritando, canturreando, cagándose en dios. También la frescura de la lluvia y los olores químicos de los talleres, la tarde y sus melancolías, una radio donde suena la primera canción que te cautivó. Lo otro, lo que está fuera, aquello que durante una vida uno intentará explorar y descifrar.

Una ventana es un paso, el lugar de un intercambio, el gesto de asomarse evoca el instante del nacimiento. En los sueños nos lanzamos al vuelo desde ellas.

El niño pinta las ventanas como los ojos de la casa. Cesura entre lo íntimo y lo público, entre el yo y las seducciones de lo real. Cómo nos choca esa franqueza luterana sin cortinas de las ventanas en el norte de Europa, de qué manera quedamos encantados por esos interiores revelados de forma fugaz. Tras ellas las vidas ajenas adquieren una intensidad teatral y alegórica, como en un vasto retablo, donde las figuras se mueven ajenas al hecho de que alguien las mira, como solo una divinidad nos vería, cada gesto perecedero cargado de sentido. A veces el misterio de una única ventana encendida en la fachada a oscuras. Ahí hay una conciencia despierta.

Me suelo detener ante los cuadros con ventanas, sí, con el deseo insensato, pueril de que tras ellas, en el fondo del cuadro, como en el fondo del sueño, más allá de las grandes destrucciones del tiempo fluya como un río lento algo que hemos olvidado, algo no gastado por el hábito, por las palabras, por el cansancio.

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Carl Ludwig Kaaz (1773-1810) – Vista desde Villa Grassi, cerca de Dresde.

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