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Como tantos otros contemporáneos llegados a la cuarentena, Esteban Artigas sintió que en su interior bullían experiencias y emociones únicas, delicadas, singulares, que tenía necesidad de expresarlas y que en definitiva al mundo le hacía falta desesperadamente otra novela.

Se aplicó a ello durante dos años. Al principio le costó desprenderse de la influencia que la obra de Patricio Seda -tan dada a juegos formales que sus más inteligentes detractores consideraban trivial exhibicionismo- ejercía sobre una prosa aún en formación, pero bien avanzada la labor su propia voz empezó a afirmarse. Profundamente solipsista, como tantas primeras obras, “Los círculos concéntricos”, abundante en adverbios, adolecía de cierta negligencia por parte de Artigas a la hora de construir sus personajes. Meros instrumentos para la exposición de ideas y agravios, fueron concebidos utilizando con desparpajo a conocidos tomados de aquí y de allá.

De este modo, en la figura de un compañero de claustro de Ulises, el protagonista -profesor de instituto, como el mismo Esteban -, afloraban una serie de rasgos (ausencia de empatía, percepción distorsionada de la realidad, vehemencia, infantilismo ideológico) que le irritaban en César, un viejo amigo de juventud. Aunque habían perdido bastante el contacto, temió que este pudiera verse reconocido. Ponerle gafas y cambiarle el nombre le pareció insuficiente, así que decidió bautizarlo como Marina. Los rasgos extrañamente viriles del nuevo personaje femenino le resultaron un valor añadido por el que se felicitó. Lo que antes hacía de su avatar varón un mal bicho aparecía ahora como una tenaz, insobornable independencia. Así mismo su propia esposa, Lorena, cuyo descarnado pragmatismo y un progresivo embotamiento la hubieran hecho demasiado reconocible, pasó a convertirse en el irrisorio padre de Ulises, hombre mezquino que con facilidad renuncia a sus sueños de juventud. Tan sólo un personaje femenino, Marta, fue creado ex novo y acabó siendo una sonrojante proyección de las contradictorias fantasías de Esteban. Materna pero intensamente sexual, delicada pero turgente, libre y con una mansedumbre de geisha.

No sin candor, Esteban presentó su novela al Nadal bajo el seudónimo de Valentina Bloom, en la confianza de que un alias femenino le garantizaría la complicidad del jurado. Uno de los mandarines que lo componían levantó una ceja al leer los primeros párrafos de la novela y detectar el tono inconfundible de Patricio Seda. Como crítico había tratado con dureza sus últimas obras, pero tras casi veinte años de ausencia se dio cuenta de hasta que punto todos habían echado de menos aquella voz. ¿Sería posible que el anciano autor hubiera decidido regresar presentándose a un premio como el Nadal y escondido tras un nombre de mujer? No salía de su asombro ante la audaz jugada del viejo zorro.  Tras el guiño de reconocimiento de las primeras páginas la prosa perdía color y se transformaba en algo entre pedantesco y plañidero, exactamente la prosa que se esperaría de un profesor de instituto en sus cuarenta influido por Seda e incapaz de asimilarlo, como el protagonista. Así que Patricio Seda había vuelto y había logrado ser otro. Lo había hecho en silencio, sin avisar a nadie, ¡qué confianza debía tener en sí mismo! Entendió que esa novela debía ser algo grande, aunque le desconcertara. Llamó exaltado a los otros miembros del jurado y todos pasaron a prestar atención a aquel extraño artefacto, convencidos de que el autor de “Entropía” había vuelto a escribir y se había presentado enmascarado al Nadal. No se equivocaban, salvo que lo había hecho bajo el seudónimo de Max Vogler con una novela concisa, modesta, “El azar y la necesidad”, que fue clamorosamente olvidada por un jurado que por unanimidad se lo concedió a las casi ochocientas gravosas páginas de “Los Círculos Concéntricos”. Patricio Seda jamás olvidó semejante afrenta.

Por uno de esos movimientos pendulares, el público y la crítica recibieron el discreto experimentalismo de la obra como un soplo de aire fresco en un mercado saturado de novelas centradas en lo argumental, llenas de diálogos ágiles y puntos de giro. En las entrevistas Esteban proclamaba desafiante que quiso hacer una novela que fuera imposible de adaptar al cine o a la televisión, actitud esta que a Lorena, su esposa, le pareció propia de un necio. Dada a fijarse únicamente en lo anecdótico, cuando finalmente accedió a leerla cometió el error de adivinar tras la idealizada figura de Marta a una de sus más íntimas amigas, quizás porque también se llamaba Marta y también estaba muy buena. Devorada por unos celos monstruosos cortó toda relación con ella sin darle explicación alguna. Del mismo modo, y a pesar de que se trataba de una versión de César, interpretó al personaje de Marina como un retrato de sí misma ya que el autor, por eso de marcar paquete autoral, decidió describir durante tres inacabables páginas del capítulo VIII el vestido con el que esta se presentó a su primera cita con Ulises y que no era otro que el que Lorena llevaba cuando tuvo su primera cita con el joven y algo petulante Esteban. Lógicamente Lorena no se encontraba en Marina y así acabó preguntándose cómo era posible que tras quince años de vida en común el muy majadero todavía no supiera como era ella en realidad. Esteban creyó que la fría hostilidad de los meses sucesivos no era sino una sorda envidia.

Asunto diferente fue la reacción de César que, como adolecía de una perspectiva distorsionada de la realidad y un acusado autodesprecio (rasgo éste último que al poco perspicaz Esteban siempre le pasó desapercibido), se reconoció absurdamente en el cruel retrato del padre del protagonista, es decir en Lorena. Se sintió maltratado. No podía entender cómo era posible que su amigo tuviera esa visión de él. No obstante, como fue toda su vida muy sensible a los argumentos de autoridad, cuando el libro alcanzó una quinta edición empezó a sospechar que quizás su amigo de juventud tenía razón y él siempre habría sido ese personaje pequeño, de una melancolía filistea y vulgar. Cayó en una profunda crisis, volvió a beber más de la cuenta y a comer en exceso, engordó alarmantemente y sólo un viaje a la India le evitó sucumbir a una espiral de autodestrucción. A la vuelta había atesorado experiencias y emociones únicas, delicadas, singulares, tuvo necesidad de expresarlas y sintió que en definitiva al mundo le hacía falta desesperadamente otra novela.

A esas alturas Lorena había culminado un proceso de evolución personal. Si el personaje de Marina le inspiró al principio rechazo por no verse reflejada en ella, le atrajo más tarde por su carácter independiente y quiso ser otra mujer, salir del torpor indiferente en el que había caído. Empezó a leer en la confianza de que nada como la literatura para hacerte un carácter. Devino letraherida tardía, leyó mucho, leyó indiscriminadamente, frecuentó clubs de lectura para educar su criterio y también con la esperanza de vivir alguna aventura extraconyugal como esas mujeres fuertes y decididas de las novelas que empezaba a devorar. Se identificó en especial con la heroína femenina que intentaba encontrar su camino en las inspiradoras páginas de “La incertidumbre del naufrago”, la mediocre novela con la que César acababa de iniciar sin mucho brillo su carrera literaria. Lorena decidió que tenía que encontrarse con aquel desconocido que había radiografiado su alma y no cejó en su empeñó hasta conseguirlo. Ambos descubrieron que tenían muchas cosas en común y compartían una visión espiritual del mundo. Iniciaron una intensa relación amorosa.  Lorena acabó solicitando el divorcio a Esteban y se fue a vivir con César. Fue su musa. Inspirándose en ella y gracias a la serenidad y a la paz doméstica fruto de una armoniosa vida en común creó su segunda obra, una novela histórica con un nombre de nuevo náutico y desafortunado: “La princesa del Índico”, pero en la que siguió el vehemente consejo de Lorena de, por el amor de dios, hacer una novela que fuera posible transformar en película. La novela conoció el éxito. Digámoslo claramente, vendió más ejemplares que “Los círculos concéntricos”.

Aunque nunca tuvo la honradez de admitirlo, Esteban escribió su novela en la creencia de que el prestigio literario era la única manera a través de la que un hombre de su edad y condición podía acostarse con mujeres más jóvenes. El divorcio le facilitaba considerablemente ese proyecto vital, así que lo vivió con una sensación de alivio, aunque pensar en la mejilla de su esposa reposando sobre el velludo tórax de su viejo amigo, el imbécil, le ponía invariablemente de malhumor.  Su nueva vida sentimental fue decepcionante. Una breve relación con una lectora salmantina aquejada de trastorno límite de personalidad le dejó exhausto. No hubo más hasta que se reencontró con Marta, la vieja amiga de su mujer. Le caía mal, nunca soportó sus histrionismos de actriz, la manera en que siempre lo ignoró. Era tan hermosa que le hacía sentirse miserable. Pero ahora el tiempo había hecho menos desafiante aquella belleza y verla le recordaba, le devolvía una época de su vida.

Para Marta siempre fue invisible, pero ahora lo veía a la favorecedora luz de su Nadal y sus cinco ediciones vendidas. No duro mucho. Para Esteban su aventura con Marta fue una venganza contra una juventud de humillaciones y una recuperación de primer orden del entusiasmo venéreo. También es cierto que con Marta accedías a una inteligencia juguetona y un cuerpo estatuario, pero también a un fondo inagotable de resentimiento tras años de esperanzas profesionales frustradas pateando teatros de provincias. Esteban sentía lástima por ella, temía el momento en que no tuviera más remedio que reconocer la derrota final de sus sueños. Sufrió sinceramente ante sus nervios el día en que se presentó a aquel casting, apretó enamorado sus secas manos frías y le deseó suerte, sintiéndose un mentiroso. El casting que contra todo pronóstico le sirvió para conseguir el papel de la madura heroína en la adaptación cinematográfica de “La princesa del Índico”. César, como autor de la novela, bendijo la elección aunque Lorena nunca se cortó en calumniar a su ex amiga atribuyéndole todo tipo de sucios manejos de arribista. A las pocas semanas del inicio del rodaje en un entorno tropical de ensueño, las redes ardían con la crónica del romance entre ella y el protagonista Javier Bardem. Se despidió para siempre de Esteban con una emotiva llamada acribillada por interferencias en la que entre lágrimas, tras un fondo de truenos y tifones, le agradecía su amor y le daba las gracias.

Esteban no superó aquello. Mientras Marta viajaba a toda velocidad hacia una fama tardía, su segunda novela se hacía esperar. A veces salía por los bares intentando ligar, pero su nombre y su rostro impersonal ya empezaban a olvidarse. Una de estas noches se encontró en un local a Patricio Seda, al que el orgullo le vedó en su momento hacer comentarios públicos sobre aquel desconocido ganador del Nadal. Esteban se acercó a agradecerle sinceramente cómo su obra había cambiado su vida. Estaba extendiendo la mano cuando por un instante se preguntó si realmente había motivo alguno para la gratitud.

Patricio, hombre de gran elocuencia y proverbial mala baba, disfrutó de la ocasión. Sin perder la sonrisa, desmontó al Esteban autor, puso de relieve su falta de ideas, el carácter mimético de su escritura y ridiculizó en especial su abuso del azar y las coincidencias a la hora de hacer avanzar las tramas: en la vida no existen las coincidencias, amigo mío, todo está trazado. Lo hizo con gran sutileza, como una espada tan afilada que te partiera en dos sin que te dieras cuenta. Sólo cuando se despidió de Esteban palmeando sus mejillas este empezó a sentir un frío interior que ya no le abandonaría nunca. No volvió a escribir y con los años a algunos íntimos les confesaba su convicción de que una divinidad vengativa manejaba a su antojo papeles y destinos y que el acto de contar historias no era sino una blasfema redundancia.

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