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Ya toca irse. Uno no se lleva nada, no puede llevarse nada, salvo algunos instantes que quiere creer que perdurarán, embellecidos y absueltos por el recuerdo, ese fantástico mecanismo químico que nos regala la ilusión de un yo. Poco más queda por hacer, bajar las persianas, apagar las luces, recorrer mentalmente y por última vez las estancias y los días, todo aquello que nos hizo y que quedará cubierto por las sábanas del olvido. En mis veinte imaginaba a veces el año inconcebible en que moriría David Bowie. No ha sido diferente a otros, las cosas simplemente ocurren. Siempre esa sensación de haber dejado pasar los días, de lo que pudo haber sido y pude haber hecho, también el amor por los pequeños hábitos que forman el tejido del tiempo, por rostros, por voces, por unas manos delgadas en las que a veces pienso y ese pensamiento es mi alegría, por mis queridos vicios y las humildes epifanías de la luz jugando sobre las cosas del mundo.

Todo cumplido y estuvo bien. Ya toca irse, sí. Cerrar la puerta, echar la llave por debajo, subirse las solapas del abrigo y no mirar hacia atrás, no hacerse esta vez promesas, no albergar esperanzas. Cuanto ocurre me basta. Continuar, perseverar, reír mucho, no hacerme peor.

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