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El grupo de aquellos que abominan de la Navidad no es homogéneo. Está el eterno anarca adolescente, al que le jode profundamente lo que él interpreta como una exigencia de felicidad por decreto, están aquellos a los que por motivos personales estas fiestas les parecen teñidas de tristeza y están, cómo no, los más superficiales de todos, los grandes moralistas que consideran las navidades como una superestructura más del ominoso sistema y nos instan a sentirnos avergonzados de nuestra felicidad dado que muchos lo están pasando mal. Tuve un tío así, alto y francés, vagamente parecido a Umbral, no celebraba nunca estas fiestas e imponía su rígida severidad a sus hijos pequeños. En España, que tal parece que desayunamos todas las mañanas leyendo a Cioran y a Thomas Bernhard, resulta de buen tono odiar estas fiestas (nosotros, por favor, no somos ingenuos, nosotros no nos dejamos engañar). Yo, por el contrario –aunque a veces me cueste lo más grande- soy un gran partidario de la Navidad, o al menos lo intento. Voy a intentar explicar por qué.

Como es sabido, la Navidad es una curiosa mezcla sincrética, donde elementos cristianos coexisten con una constelación de viejos rituales paganos asociados al solsticio de invierno, todo ello magistralmente empaquetado por Charles Dickens, el creador de la moderna sentimentalidad navideña. Desde la primera infancia percibimos la Navidad como una ruptura del fluir habitual de los días. Se deja de trabajar, las calles y las casas se iluminan de un modo inusual, como si todo se transformara en un decorado, las comidas se vuelven suntuosas (esto ahora carece de importancia, pero hasta no hace tanto ya lo creo que la tenía), se escuchan canciones ligeramente arcaicas y ocurre la sencilla alegría del regalo. Es la impresión de un tiempo suspendido y cíclico, un tiempo de prodigios que difícilmente se borra de la mente. Celebrar la Navidad es intentar recuperar ese ingenuo asombro, esa dulzura. Todo esto ya lo dijo T.S.Eliot mucho mejor que yo en un poema titulado “El cultivo de los árboles de Navidad”[1].

Por otro lado -y no solo en su versión cristiana- las navidades celebran un natalicio, la venida al mundo de un niño que es todos los niños. Tienen esa claridad de lo inaugural, de la renovación, precisamente en el mismo corazón del invierno, prefiguración de la muerte. Y por último la Nochebuena conmemora a aquellos que sufren persecución, todo en su folclore apunta a la humildad y precariedad de ese nacimiento imaginado. La navidad de los pobres, la navidad de los marinos en alta mar, la navidad de los soldados en las treguas durante las grandes carnicerías… no me parecen cosas indignas de celebrar, por muy listillos que nos creamos. Y todo eso no nos lo puede quitar ni el puto Corte Inglés, ni ese gran coñazo de la familia, ni las cenas de empresa, ni la matraca de los villancicos, ni las borracheras, ni el discurso real, ni la sidra achampañada, ni la empalagosa cursilería de los anuncios, ni las sillas vacias en nuestra mesa, ni las dentelladas de la miseria y el mal acechando, siempre, tan cerca.

(19-12-2013)

[1]   T.S.ELIOT. El cultivo de los árboles de navidad (“El libro de Ariel”, 1927-1954)

Hay varias actitudes hacia la Navidad,
de algunas de las cuales podemos prescindir:
la social, la torpe, la abiertamente comercial,
la juerguista (las tabernas abiertas hasta la medianoche),
y la infantil -que no es la del niño
para quien la vela es una estrella, y el ángel dorado
extendiendo las alas en lo alto del árbol
no es sólo un adorno, sino un ángel.
El niño se asombra del Árbol de Navidad:
dejadle seguir en el espíritu de asombro
ante la Fiesta como un acontecimiento no aceptado como pretexto;
de modo que el arrebato refulgente, la sorpresa
del primer árbol de Navidad recordado,
de modo que las sorpresas, el deleite en nuevas posesiones
(cada cual con su olor peculiar y emocionante),
la espera del pato o el pavo y el esperado respeto ante su aparición,
de modo que la reverencia y la alegría
no se olviden en la experiencia posterior,
en el aburrido acostumbrarse, la fatiga, el tedio,
la conciencia de la muerte, la conciencia del fracaso,
o en la piedad del converso
que puede estar manchada de presunción
desagradable a Dios e irrespetuosa para los niños
(Y aquí me acuerdo también con gratitud
de Santa Lucía, su canción y su corona de fuego);
de modo que antes del fin, la octogésima Navidad
(con “octogésima” quiero decir la que sea la última)
los recuerdos acumulados de emoción anual
queden concentrados en una gran alegría
que también ha de ser un gran temor, como en la ocasión
en que el temor invadió todas las almas:
porque el principio nos hará recordar el fin
y la primera venida, la segunda venida.

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