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Aquellos que vivimos parte de nuestra infancia durante los primeros setenta conocimos diversas formas de abominación estética en los hogares de clase media. Papeles pintados sacados de una pesadilla de malaria, porcelanas de jacarandosos pescadores orientales, depauperados como opiómanos, una triste y abigarrada pretensión de opulencia. Incrustado en bibliotecas, compartiendo espacio con enciclopedias y el Libro de la Vida Sexual del doctor López-Ibor, reinaba el mueble bar.

El mueble bar se cerraba con llave (las casas burguesas abundaban en cerraduras) y eso lo nimbaba de misterio. Cuando, aún niño, en aquellas impersonales iglesias postconciliares el sacerdote abría el sagrario para guardar los sacramentos, yo veía allí una variedad trascendente del familiar tabernáculo doméstico.

Escondían algo prohibido, inconveniente, capaz de trastornar el ánimo e intoxicarte, algo que se guardaba de la inconsciencia de los niños y la avidez de los muchachos. Se bajaba una puerta abatible, como un puente levadizo, y  entonces, por un instante, un escenario fragante de cristal y líquidos coloreados despertaba de su sueño en la oscuridad. En ocasiones un juego de espejos multiplicaba alarmantemente aquellos esplendores de cuyo poder se era consciente desde la primera vez que uno robaba algunas guindas que flotaban en un licor fuerte.

Los padres intentaban esconder la llave, pero era en vano. Raro es el mueble bar que no ha sido alegremente saqueado por los hijos y los amigos de los hijos. En las casas de los padres algo golfos la selección siempre renovada de botellas revelaba un criterio, no así en la de las familias no bebedoras, donde languidecían durante décadas botellas de horrendos licores que ni siquiera la inmensa sed adolescente osaba tocar, junto a alguna botella de Chivas Regal que alguien regaló y que se reservaba para las visitas. Mis padres y su círculo más íntimo de amigos eran abstemios, por lo que el mueble sólo se abría para algunos conocidos ocasionales de los que recuerdo sus gafas de pasta a lo Henry Kissinger, sus manazas sosteniendo los vasos de güisqui y sus opiniones vigorosas.

Hace unos años tuve que desmantelar la casa de mis padres. Es una labor triste. Entre tantos testigos del pasado que fueron a parar a rastrillos o a contenedores estaba el interior paupérrimo del mueble bar: algunas botellas de Licor 43, Cointreau, Cynar o Calisay, de antigüedad bíblica. Cuando bajaba a tirarlas a la basura era consciente que aquellas botellas que nadie quiso jamás beber suponían el fin, no por trivial menos amargo, de una época.

A veces vuelvo a la casa de mi infancia en sueños. Sus habitaciones, donde siempre es de noche, tienen algo de almacén abandonado donde se acumulan libros entre los que rebusco sin fruto, intentando encontrar algo de interés. Los muebles de la cocina amarillean y están abarrotados de comida a un paso de la caducidad que no oso tocar. La comida de los muertos. Mis padres aparecen ocasionalmente, en una semiexistencia melancólica, pálida, precaria, como gatos de Schrödinger. Ahora pienso que el mueble bar debe seguir allí, cerrado con llave. En la próxima visita nocturna voy a intentar abrirlo. A ver qué me encuentro.

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