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Tengo ganas de que llueva, pero no está en mi mano hacer nada. Demasiado sé que las palabras no pueden convocar la tormenta, que la realidad es tenazmente ajena a nuestros deseos.

Y bien que me gustaría, porque echo de menos un buen cielo encapotado, adecuadamente lúgubre. Empiezo a necesitar que caiga una lluvia mansa, obsesiva, que despierte los olores de las cosas, que se lleve el polvo y las horas malas. La primera lluvia del otoño, un sentimiento de retorno tras los grandes realismos del verano. El mundo vuelve a ser misterioso, vuelve a ser interesante.

La lluvia niña que cae de lo alto, como los dones y las maldiciones, que corre por los tejados, refresca la frente y lava las hojas, la piedra y el cielo, la lluvia que empapa el corazón sediento y deshace negros pensamientos, arrastrándolos acera abajo, buscando el mar por bajantes, imbornales y escorrentías. Un albañil viejo, bronquial, me dijo una vez que el agua no tiene huesos.

La lluvia de los malos poemas y las pequeñas, cómicas incomodidades. Las gafas empañadas, la antipática gota que se desliza por la nuca, los hombres que aprietan el paso, resbalan, abandonan las mesas del festín de amigos al aire libre o cubren a toda prisa sus bienes con una lona, el tierno fatalismo de los viandantes encorvados bajo sus paraguas. También el deseo del fuego y de los vinos, su sonido, la voz dulce del tiempo. Hasta los instantes de soledad se transforman en un reencuentro.

Y con la misma sencillez con la que todo empezó, deja de llover. La luz desgarra el celaje y abre un silencio claro en el que todo empieza de nuevo. Los pájaros se sacuden las gotas de las plumas y se hacen oír y entonces algo que sentía el cazador emboscado, el letrado chino en su retiro y el niño que aún somos, algo que es una gratitud y una frágil, posible esperanza.

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