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No hay condición semejante a la de los amantes entre las sábanas. No me refiero al “vertiginoso acto del coito” en el que, en palabras de Borges, “todos los hombres son el mismo hombre”, tan misterioso, tan trivial, ni a la post coitum tristitia tras ese breve estremecimiento que tanto apreciamos (qué extraña delicadeza la del termino coloquial “correrse”) y en cuya naturaleza afín a la ola y al relámpago está el mismo origen de todos nosotros, nuestro big bang. No, hoy quiero recordar precisamente lo que ocurre cuando la fiesta ha terminado, algo que es específicamente humano.

Muchas horas de nuestra vida han transcurrido en esa tierra de nadie, pequeña embarcación a salvo del tiempo y sus terrores. Horas de deliciosa pereza y abandono, depuesta toda distancia en esa desnudez que somos. Los rostros desprenden una hermosura desusada, nada esperamos ya, nada pedimos que no sea ese instante suspendido.

Hay una recuperada franqueza en los gestos del cuerpo. Acostarte con alguien amplia desde luego el umbral de lo convencionalmente aceptable entre dos personas. Se habla sin prisa, se hace reír, a veces se traen provisiones, una figura desnuda y aterida salta con gracia de regreso a la cama tras una excursión al baño. Se besa distraídamente un hombro o se apoya la cabeza sobre el pecho o el vientre. Los dedos rozan la curva de una cadera o un tobillo, sentimos el pulso tibio de la sangre del otro bajo la palma de nuestra mano que se demora mientras escuchamos algún recuerdo infantil. La voz adquiere una delicadeza, una cualidad de ronroneo. Cuántos secretos contados, cuántas obscenas, encantadoras ternuras, cuántas promesas que no cumplimos. Fuera, tan lejos, los sonidos de la calle, el chirriar de tendederos, lavadoras y televisiones, balonazos en una pared, la lluvia golpeando en el alfeizar, ajenos a nosotros mientras la luz del día traza su curso en el techo y las paredes.

Y es incluso tan bello ese momento un poco triste del volver a vestirse para ingresar de nuevo en los exigentes mecanismos del tiempo.

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