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Uno a veces piensa que no tiene nada interesante que contar. Algunos escritores tuvieron infancias legendarias en países lejanos, creciendo entre el sonido de diferentes lenguas, arenas blancas y pájaros extravagantes sobre el ramaje oscuro. Otros trabajaron en embajadas, hospitales o comisarías o fueron testigos privilegiados de grandes acontecimientos. Yo no he vivido los horrores ni las grandes exaltaciones de la guerra, no conozco de primera mano los lugares donde crece el poder, ni los hábitos privados de las élites, no me he codeado con las grandes mentes del siglo. En su momento viví algo despegado de los rituales de diversión o compromiso que crean la ilusión de formar parte de una generación, nunca me he sentido vinculado a nada. No soy un viajero infatigable, no he leído ni mucho menos todos los libros, mis lagunas son abrumadoras. Demonios, ni siquiera fui precozmente iniciado en el amor por una prima tenista durante un plácido verano en la Costa Brava.

El éxito me ha ignorado tenazmente y me he cerciorado de que así sea regresando por un impulso inexplicable a una modesta bohemia sin hijos en una ciudad de provincias a la que sé que nunca perteneceré del todo. Narcisista y enmadrado, demasiado pendiente de mí mismo, jamás me he volcado en causa alguna. He llevado la vida de un pequeño burgués desordenado e indolente, cuyo fuerte no han sido ni el coraje ni la perseverancia ni la sobriedad. Un no escritor que se arrepiente tardíamente y mantiene a duras penas una producción raquítica que conoce usted, queridísimo lector, y cuatro gatos. ¿A dónde voy yo con eso?

Para no profesar de nuevo el silencio necesito agarrarme ingenuamente a unas pocas certezas, incluso si se trata de falsas certezas. Quiero creer que tú y yo somos muy parecidos, que por muy únicos que nos pensemos nuestros deseos, nuestras mezquindades y nuestros fracasos, nuestras glorias privadas y nuestros estrepitosos ridículos son de algún modo compartibles. Quiero creer que por estrafalario, parcial y hasta fallido que sea mi punto de vista, puede arrojar cierta luz sobre la experiencia de lo humano.

Creer en definitiva que hay perplejidades, melancolías y asombros que pueden rescatarse del olvido, que no hay nada que no pueda ser expresado y que es digna ocupación afinar constantemente tus recursos para conseguirlo. Porque cada imagen afortunada, cada combinación de palabras que resuena en la experiencia común de los lectores es un triunfo del sentido contra el caos y la muerte.

bartonfink

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