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No ya la historia, el mismo presente no anda escaso de matanzas y espantos, pero los atentados del 11 de septiembre del año 2001 tuvieron una potencia simbólica aterradora. Cuando Karlheinz Stockhausen, el músico iconoclasta, dijo que constituían la más grande obra de arte jamás llevada a cabo todo el mundo se le echó encima. Pero tenía razón. La caligrafía de ese horror, hipertecnificado y bíblico, la manera en que fue concebido y ejecutado, la imagen de las dos colosales torres desplomándose, su prolijo barroquismo tan alejado de la monstruosa simplicidad industrial del hongo nuclear. Una forma nueva del mal había hablado con claridad y abría las puertas de una nueva época.

Mi recuerdo de aquel día de fuego y acero es, sin embargo, luminoso. Yo entonces vivía en un pueblo de Málaga. No era una casa especialmente bonita pero había un huerto con naranjas y limones luneros y allí fui muy feliz. Los hechos me sorprendieron en Madrid, a donde viajaba con frecuencia por aquel entonces para trabajar en una serie trivial. La noche anterior, en la habitación del hotel, tuve un absurdo ataque de hipocondría del que ella, al otro lado del teléfono, me sacó diciendo las palabras que eran precisas. Al día siguiente, terminada la última reunión antes de mi regreso, me dirigía en taxi a comer a casa de un amigo. Recibí una llamada de mi madre, estaba tan asustada que no se podía explicar bien. Yo pensaba que una pequeña avioneta se había estrellado contra el edificio, no entendía el terror en su voz y casi me lo tomé a broma. La radio del taxi empezó a arrojar más datos y solo entonces vislumbré la magnitud de los hechos. Todos recordamos como la catástrofe se retransmitió en directo sin que nadie supiera qué estaba pasando. Todos asistimos con una sensación alucinatoria al desplome de la primera torre, el desplome de la segunda, que ocurría ante nuestros ojos con la plácida exaltación de las pesadillas. Mi temor en aquel momento era que esa noche cancelaran todos los vuelos, tener que quedarme en Madrid en una noche llena de malos presagios.

Pude tomar finalmente mi avión. Había una atmósfera especial a bordo, donde durante una hora estaríamos privados de noticias, sobrevolando a oscuras un mundo que podría haber cambiado para siempre cuando aterrizáramos, que de hecho estaba ya cambiando. Todo el pasaje guardaba silencio, entregado a sus pensamientos y a sus temores, pensando seguramente en los viajeros que horas antes fueron instrumentos de un horror inimaginable y entonces sin rostro. Recuerdo cómo en un instante sentí que no importaba lo que pudiera ocurrir, porque había un lugar al final de aquel viaje, una casa no especialmente bonita, pero en la que había naranjas y limones y ella me esperaba, una ventana encendida que bastaba para iluminar el cielo helado sin luna que nos rodeaba a miles de metros de altura. Me sentí a salvo y en paz, nunca me pareció la noche más amable.

Han pasado quince años de aquello, todo ha cambiado. No me siento en paz ni a salvo, no sé si soy mejor que aquel que era, pero hoy puedo recordar con gratitud la extraña, íntima felicidad de aquellas horas.

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