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Cada semana repetía el mismo ritual. Pulsaba el portero de un portal común en una barriada residencial de los extrarradios. Subía las seis plantas en un ascensor con un espejo ahumado, en compañía de mi reflejo fantasmal. Llamaba a la puerta y me abría su marido o una chica que atendía la casa. Ya conocía el camino, sorteaba los recovecos de un piso grande, luminoso, ordenadísimo. Muebles, objetos decorativos de diversas partes del mundo, estantes con libros, cuadros de amigos artistas, hablaban quedamente de una burguesía culta, hedonista. Ella me recibía en su dormitorio, sentada en la cama a causa de una lesión de cadera. Un mantón de color rosa sobre los hombros, un pelo crespo, indomable, gafas alarmantemente grandes y una voz de vieja actriz cómica le daban un aire de personaje extravagante de Dickens. O de Disney, iba en días. Yo me sentaba enfrente, en un sillón de orejas con un estampado floral y le contaba mis sueños.

Sé que la interpretación de los sueños es una rama más de la ficción. Definitivamente desacreditada, se la desdeña como una sofisticada versión, fatalmente contaminada de literatura, del examen de las entrañas de animales sacrificados o del vuelo azaroso de los pájaros. ¿Qué buscaba entonces en la consulta de una junguiana confesa? No sabría responder, lo único cierto es que me lo pasaba en grande y que entonces podía permitirme ese libertinaje puramente mental y algo narcisista. Verán, incluso las personas inclinadas al fácil desahogo de nuestras desdichas tenemos nuestros límites. No es una cuestión de pudor, simplemente no puedes estar constantemente dando el coñazo. Sin embargo uno paga al psicoanalista y esa simple transacción significa que te puedes permitir el lujo de contarlo todo. Todo. Y, en este caso, el todo incluía los sueños.

Y así, ante ella, semana a semana, sacaba a la luz los más íntimos repliegues de mi alma vulnerada o –si se prefiere- iba exhibiendo, magnificadas, baratijas de ese inmenso, caótico basurero del inconsciente. En el aire del cuarto se desplegaban los paisajes oníricos que se han ido repitiendo toda una vida y por donde todavía corre y se esconde el niño asombrado y asustado que yo era. La interpretación no se limitaba al sueño concreto, cada uno de ellos era una pieza de un vasto relato, que registraba mis caídas y mis progresos. Una segunda vida paralela que entre ambos había que descifrar.

 -¿Lo ves? Salvador, tienes que matar a tu madre.

-Bueno, tampoco es para ponerse así.

 ¿Había algo verdadero en aquella parranda de imágenes arquetípicas? No me importaba demasiado, me gustaba lo que tenía de juego detectivesco y como tal lo aceptaba. Incapaces de convivir con la falta de sentido unos se entregan al materialismo histórico, otros a los laboriosos textos de Lacan, las teorías de la conspiración, los fervores del animalismo o los esplendores milenarios de las religiones, cada cual según su índole y condición. Al fin y al cabo, ¿es tan importante la verdad? No podía dejar de pensar en las personas que antes y después de mí hacían lo mismo, sentados donde yo estaba. Imaginaba que al finalizar la jornada alguien abriría las ventanas para ventilar de sueños la estancia.

Nos caíamos bien. A pesar de que todo en ella sugería un agitado pasado gauche divine –nada de la experiencia humana la asustaba- había evolucionado hacia una suerte de vehemente conservadurismo que me divertía mucho. De la biblioteca situada al lado de la cama igual podía surgir un tratado de algún psicólogo californiano reivindicando el poder del falo que un ensayo del papa Ratzinger. Una lesión como la suya implica una vida abundante en dolor y todo tipo de incomodidades. Nunca pude detectar en ella rastro alguno de amargura, ni una queja. Reía mucho, creía en lo que hacía y cuanto me dijo fue razonable y me hizo bien.

La sesión terminaba y yo dejaba el dinero en la mesita de noche, lo que fue al principio motivo de muchas bromas. Volvía a atravesar la casa vacía y en silencio y hacía el camino de vuelta dando un largo paseo por una ruta donde abundaban los árboles. Nunca se encarecerá lo suficiente el cultivo de árboles en las ciudades. Tras el desnudamiento tenía el cerebro maravillosamente en blanco, iba pendiente de los cambios de luz, canturreaba.

Ha pasado tiempo. Mi inconsciente ha dejado de parecerme interesante y no creo que tenga un significado discernible. Pero es que tampoco parece que la vida diurna lo tenga. A veces he vuelto a esa zona, siempre de paso hacia otra parte. No hay comercios, no hay bares, no conozco a nadie que viva allí. Nada llama la atención en un espacio urbano entre la placidez y la desolación. Solo yo levanto siempre la mirada hacia esa ventana del piso sexto, esa cámara de los sueños, suspendida en la altura, cuya sola presencia embellece y singulariza el tedio de la calle anónima.

No sé cómo será su vida ahora. Tiendo a pensar que habrá dejado de pasar consulta. Ya habrán cesado para siempre las voces de las almas a las que había que ayudar, la letanía de desgarros y agravios, la eterna queja de los que no pudimos conseguir lo que deseábamos y a veces ni siquiera fuimos capaces de luchar por ello. También el lamento de los que sí lo consiguieron. A veces me acuerdo de ella y de que le prometí un libro. No me atrevo a llamar.

771638310

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